martes, 18 de septiembre de 2012

Gilad Atzmon, La identidad errante, primera entrega de la colección disenso

Ya están a la venta las entradas para los conciertos de Gilad Atzmon
en Madrid:
el miércoles, 31 de octubre y el jueves 1 de noviembre, a las 22.30 en Bogui Jazz,
Gilad Atzmon (saxos y clarinete), Yaron Stavi (contrabajo) y Carlos González —Sir Charles— (batería) ofrecerán un concierto con motivo de la presentación en Madrid
de La identidad errante, el último libro de este polifacético autor.
La presentación, una entrevista en "Carne Cruda",
entre el autor y Javier Gallego,
tendrá lugar en la misma sala a las 21.00 del miércoles (entrada libre hasta conpletar aforo).
Entradas en: ticketea



Y en Valencia, presentación en la librería Cosecha Roja (C/Sevilla, 20), a las seis de la tarde, y concierto en el club Jimmy Glass (C/Baja, 28; Barrio del Carmen), de 10 a 12 de la noche, el martes 30 de octubre, en el marco del II Festival Internacional de Jazz Contemporáneo.

 ¿Quién es Gilad Atzmon?
Reproducimos a continuación la entrevista que Chema García Martínez publicó en El País en septiembre de 2010 con el saxofonista de jazz y escritor nacido en Israel con motivo de la inauguración del Festival de Jazz de Ibiza:

"Soy ex judío; he dejado atrás la idea de pueblo elegido"




CHEMA GARCÍA MARTÍNEZ - Ibiza - 02/09/2010



"La masacre israelí en mar abierto fue una repetición del asesinato de Cristo". Quien así habla podría ser un miembro del Parlamento palestino fuera de servicio; quizá un integrante de un colectivo antisionista en gira de promoción. Sin embargo, Gilad Atzmon es un músico de jazz. De su especie, naturalmente: "Muchos me preguntan por qué toco jazz. No toco jazz por ninguna razón. Simplemente, me encanta. Me seduce la idea de reinventarme día a día y el jazz permite que esto ocurra". El polémico saxofonista y compositor inauguró el pasado jueves una nueva edición del Festival de Jazz de Ibiza con un concierto inusualmente pacífico para lo que es norma en él: "Para mí, el jazz es la máxima expresión artística que existe. No hay nada que lo supere".


"La enseñanza ha esterilizado la música y la ha convertido en fría"


Gilad Atzmon nació en 1963 en Tel Aviv en el seno de una familia tradicional judía. En 1982 sirvió en el Ejército durante la invasión israelí de Líbano: "Aquella experiencia me abrió los ojos al papel que juega Israel como un Estado colonial". En 1994 viajó a Reino Unido para cursar estudios de Filosofía en la Universidad de Essex. Ocho años más tarde, se convirtió en ciudadano británico. Desde entonces, el saxofonista se presenta como "ex israelí" y "ex judío": "Ser ex judío significa dejar atrás el concepto de pueblo elegido y transformarse en un ser humano ordinario. Me siento feliz siendo ex judío". Convertido en uno de los jazzistas británicos más ocupados de cuantos permanecen en activo, Atzmon ha simultaneado sus trabajos como líder del The Orient House Ensemble, con sus colaboraciones junto a Ian Dury and The Blockheads o Robert Wyatt, a quien ha producido su último disco: "Mi música es una fusión de muchas cosas. Me encanta el folk y el jazz antiguo. De hecho, no estoy tan seguro de que me guste tanto el jazz contemporáneo. Opino que su enseñanza se las ha arreglado para esterilizar esta música y convertirla en una manifestación artística fría e intelectual". En 2006, Atzmon creó un álter ego encargado de difundir el "anarquismo musical" entre los aficionados al jazz, el delirante Artie Fishel: "Llegó a ser una celebridad en los Estados Unidos. Había quien lo adoraba y quien lo detestaba".

Articulista y novelista polémico -es autor de Guía de Perplejos, de 2001, y Mi único amor, de 2005-, sus arremetidas en contra del lobby judío y el Estado de Israel, al que ha comparado con la Alemania nazi, le van valido la crítica de prosionistas y antisionistas tanto como la de los antimarxistas, y la de los propios marxistas: "Es obvio que vivo una vida muy intensa bajo una gran presión, pero, seguramente, no sabría vivir de otro modo".


La capacidad del jazzista para meterse en líos parece no tener fin. Su último concierto en Madrid levantó de sus asientos a no pocos espectadores, y no por una diferencia de opinión en torno a la calidad de sus interpretaciones. La incorrección política es su marca de la casa: "Uno piensa en un colega, como Avishai Cohen, que sigue viviendo en Israel. No le conozco personalmente, pero los hechos están muy claros. Prefiere vivir en un Estado de apartheid y habitar una tierra que no es suya. No hay duda de que es un músico estupendo, pero estoy mucho menos convencido de que sea apolítico".



Sobre el libro que presentamos, La identidad errante, que lleva por subtítulo La identidad judía a examen, cabe decir que la identidad judía está vinculada a algunas de las cuestiones más difíciles y polémicas de hoy en día. El propósito de este libro es abrir la discusión sobre muchas de estas cuestiones. Examina la política de identidad judía y la ideología contemporánea judía utilizando tanto la cultura popular como textos académicos. Dado que Israel se define abiertamente a sí mismo como el «Estado judío», deberíamos preguntarnos qué significan las nociones de judaísmo, judeidad, cultura judía e ideología judía. Atzmon analiza el discurso cultural y político laicos judíos, tanto sionista como antisionista.


Examina la actitud política judía hacia la historia y el tiempo, el papel del Holocausto, las ideologías en contra de los gentiles, los grupos de presión judíos, la presión que ejercen el grupo de presión sionista y otros temas. La situación actual de los problemas mundiales suscita una urgente necesidad de cambiar nuestras actitudes hacia la política, la política de identidad y la historia.



La publicación del libro en su versión inglesa suscitó una acerada polémica entre sionistas y antisionistas, hasta el punto de que el editor responsable de zero books estuvo a punto de echarse atrás y justificó la publicación del libro en una larga carta a la opinión pública. La polémica llegó a España antes incluso de la publicación de su traducción al español.

Karl Sabbagh ha dicho de La identidad errante:


«El libro de Gilad Atzmon es tan ingenioso y provocador como su título. Pero también es un libro importante que presenta conclusiones sobre los judíos, la judeidad y el judaísmo que chocarán a algunas personas, pero que son esenciales para entender la política de identidad judía y el papel que desempeñan en la escena mundial».


Y James Petras ha destacado la valentía intelectual de Gilad Atzmon:


«Atzmon tiene el valor del que tanto carecen los intelectuales occidentales».





GILAD ATZMON, UN MÚSICO Y PENSADOR CONTROVERTIDO


Gilad  Atzmon nació el 9 de junio de 1963 en Tel Aviv. Cursó estudios de música en la Rubin Academy of Music de Jerusalén. En 1994 se exilió en el Reino Unido y cursó estudios en la Universidad de Essex, donde obtuvo un máster en Filosofía. En 2002 adquirió la ciudadanía británica.

La guerra del Líbano de 1982 le hizo llegar a la conclusión de que, como miembro de las IDF (Fuerzas de Defensa Israelíes, en las que por aquel entonces servía en cometidos auxiliares), “yo formaba parte de un Estado colonial, basado en el saqueo y la limpieza étnica”.  Como resultado de su toma de conciencia sobre lo que en realidad había representado para la población nativa la creación del Estado de Israel, Gilad Atzmon defiende el derecho al retorno de los refugiados palestinos y la solución de un único Estado para Israel y Palestina.

Sus entrevistas e intervenciones públicas son casi siempre objeto de polémica. Así, cuando se definió como “exjudío”, “un judío que odia el judaísmo” o “un palestino hebreoparlante”. En una entrevista que concedió a Theo Panayides decía: “Yo no escribo sobre política, escribo sobre ética. Escribo sobre identidad. Escribo bastante sobre la cuestión judía, porque he nacido en tierra judía, y todo mi proceso de maduración en persona adulta se vio afectado al comprender que mi gente vivía sobre una tierra usurpada” [Theo Panayides, “Wandering jazz player”, en Cyprus Mail, 21 de febrero de 2010].
Atzmon define la política israelí contra los palestinos de “genocida” [Gibson, Martin. "No choice but to speak out — Israeli musician ‘a proud self-hating Jew’". The Gisborne Herald, 23 de enero de 2009]. Tan conocido como músico lo es, por tanto, también por sus tomas de posición en asuntos especialmente sensibles para los judíos como el Holocausto, la historia de Israel, el sionismo, el judaísmo y la identidad judía, que le han valido ser tachado de antisemita y racista.

Su primer libro, aparecido en 2001, A Guide to the Perplexed, que toma su nombre del libro homónimo escrito en árabe en Al Andalus por el hebreo andalusí Maimónides hacia 1190,  Guía de perplejos, sitúa la acción en 2052, año en que Israel aparece sustituido por un Estado palestino [hay una edición en español: Guía de perplejos, Emecé Editores, 2003]. Su segundo libro, My One and Only Love, que toma su título de la homónima canción de 1952, recreada por John Coltrane y Hartman Johnny en 1963, apareció en 2005, y en él aparecen un trompetista que elige tocar solo una nota y un espía que persigue a criminales de guerra nazis.

Pero el libro que más polémica ha provocado y cuya publicación ha tratado de impedir el llamado lobby sionista ha sido, sin duda, The Wandering Who? A study of Jewish Identity Politics, publicado en español con el título La identidad errante: la identidad judía a examen.

Mientras reconocidos autores como John Mearsheimer, Richard Falk y James Petras han puesto de relieve que  se trata de "un libro fascinante y provocativo sobre la identidad judía en el mundo actual” y que “debería ser leído tanto por judíos como por no judíos” (John Mearsheimer, Universidad de Chicago);que “todos los que defienden una paz verdadera […] no solo deberían leerlo, sino también reflexionar y discutir sobre él” (Richard Falk); y que este libro “es una serie de brillantes iluminaciones y reflexiones críticas sobre el etnocentrismo judío y la hipocresía de quienes hablan en nombre de valores universales pero actúan de manera tribal” (James Petras); otros, como Laurie Penny y Richard Seymour, suscribieron una carta abierta al director de la editorial Zero Books en la que afirmaban que “la idea central del libro de Atzmon es normalizar y legitimar el antisemitismo”. Alan Dershowitz, por su parte, sostuvo que “algunos de los más virulentos detractores de Israel están cruzando la línea roja que separa la crítica a Israel de la legitimación del antisemitismo”. Cuando Dershowitz retó a Mearsheimer y Falk a un debate público en el que explicaran “por qué habían aprobado y hablado tan positivamente sobre un libro tan odioso y antisemita publicado por un escritor tan fanático y deshonesto”, Richard Falk replicó que, si el libro se leía objetivamente, “versaba exclusivamente sobre la “identidad judía”, y  no sobre los judíos, y analiza dicha realidad de manera muy personal, apasionada, provocativa y honesta”. Gilad Atzmon, por su parte, se ofreció para debatir con Dershowitz cuando él quisiera  e insistió en que su libro “es un estudio de la política judía identitaria y de la cultura judía y que no tenia que ver con la etnicidad judía o los orígenes raciales” [http://www.gilad.co.uk/writings/gilad-atzmon-supremacists-on-the-wandering-who.html].

De lo que no cabe duda es que la manera provocativa de expresarse de Gilad Atzmon le ha creado no pocos enemigos y alejado también algunos simpatizantes. Incluso algunos militantes palestinos creen que sus declaraciones pueden acabar desacreditando su causa [Andy Newman "Gilad Atzmon, antisemitism and the left", The Guardian, 25 de septiembre de 2011]. Las acusaciones de antisemitismo han sido tan fuertes que, en 2007, el Comité Sueco contra el Antisemitismo censuró al Partido Socialdemócrata por haber invitado a Atzmon.

El autor califica las acusaciones de antisemitismo como “el habitual método de silenciar usado por los sionistas” [Interview with Gilad Atzmon" en London Tour Dates magazine, 5 de octubre de 2006]. Niega que él sea un antisemita y la propia existencia del antisemitismo. Para él “antisemita es un significante vacío, nadie puede ser antisemita hoy en día, yo incluido, claro. En pocas palabras, uno puede ser racista, lo que no es mi caso,  o mantener un desacuerdo ideológico con el sionismo, como el que yo mantengo”. En 2009 declaró: “Yo no tengo nada contra el pueblo semita, no tengo nada contra nadie. Soy antijudío, no antijudíos”.
 
Polémicas a raíz de la publicación de la edición inglesa de La identidad errante
Al hilo del artículo de Sergio Pérez sobre Gilad Atzmon, Bea Morales, la traductora de The Wandering Who al español, publicó en Rebelión el siguiente artículo:
La realidad y el deseo
El debate planteado por el director de Bósforo Libros, Sergio Pérez, con el artículo que publicó Rebelión el 6 de marzo de 2012 (http://rebelion.org/noticia.php?id=145855) nos parece muy interesante para aquellas personas que leen Rebelión en general, a Gilad Atzmon y, en particular, a sus críticos. Sin lugar a dudas, son los y las lectoras quienes deben tener la última palabra.
El autor de la crítica plantea que los artículos de Gilad Atzmon rayan un racismo cercano al de los nazis, adolecen de arrogancia (chutzpah), dejan en segundo plano la cuestión palestina o solo la utilizan de modo «ilustrativo», no diferencian con claridad «“lo sionista” de “lo judío”» y que Gilad Atzmon trata de rehabilitar «la vieja y pútrida idea de que hay algo intrínseca, dañina e irreversiblemente diferente en “los judíos”, en “lo judío” o en “la judeidad” que merece ser reexaminado y sometido a debate».
No nos vamos a detener en las citas de Gilad Atzmon que encabezan el artículo ya que al estar fuera de su contexto hasta el propio autor de la crítica reconoce que «el lector hará bien en acudir a los artículos que se mencionan –y si es posible en su versión original inglesa – y comprobar por sí mismo, en el contexto, si hemos traicionado el sentido que estos fragmentos parecen tener descontextualizados».
Por nuestra parte no vemos qué tiene de «inconmensurable chutzpah» el afirmar: «A lo largo de toda mi carrera como escritor nunca he criticado a los judíos como pueblo, origen étnico o raza. Tampoco he criticado al judaísmo. Sin embargo, me permito [la cursiva es nuestra] escudriñar la ideología y la cultura judías. Argumento que si Israel se denomina a sí mismo el “Estado judío” y arroja bombas sobre civiles desde aviones decorados con símbolos judíos, tenemos el deber moral de preguntarnos en qué consiste la “judeidad”». ¿Qué tiene de engreído «escudriñar la ideología y cultura judías», siendo Atzmon un judío educado en la ideología y cultura judías de las que ahora se desvincula? Como señala Jean Bricmont, «¿Acaso no es una forma sutil de antisemitismo negar a un judío el derecho a indignarse en relación a sus orígenes, mientras que este tipo de indignación se admite e incluso se respeta cuando se trata de otros orígenes? […] ¿Es razonable, o incluso legítimo, tratar de bloquear determinados debates, por ejemplo, el de la significación y las consecuencias de la identidad judía, en nombre de la «lucha contra el antisemitismo»?» («À propos de Gilad Atzmon», http://www.info-palestine.net/article.php3?id_article=11420, la traducción es nuestra).
Y, por cierto, al título que Sergio Perez da de este artículo publicado en Rebelión y que ha rebosado el vaso de su paciencia («Gilad Atzmon responde a sus detractores sionistas y antisionistas») le sobra la «y». Esta «y» añadida cambia completamente el sentido del titular (véase http://rebelion.org/noticia.php?id=145684).
Respecto a que Gilad Atzmon no diferencia claramente lo judío de lo sionista (cuando el propio Gilad Atzmon afirma que «ninguno de nosotros sabe exactamente dónde termina la judeidad y dónde empieza el sionismo»), Sergio Pérez lo interpreta desde una impresión personal, como él mismo reconoce, parafraseando la cita de Atzmon: «Lo que quiere decir Atzmon es: “Ojalá no supiéramos dónde termina la judeidad y dónde empieza el sionismo”... »¿Y cómo sabe él lo que quiere decir Gilad Atzmon cuando este no lo dice y obviando todo lo demás que Atzmon sí dice al respecto? En sus escritos queda patente que la diferencia entre lo judío y lo sionista es uno de los temas que Gilad Atzmon más se esfuerza en analizar, diferenciar y aclarar, especialmente en su último libro. Lo hace, además, desde la autoridad de haber nacido en Israel y de haber sido educado en esta cultura, religión, ideología, política, espíritu e identidad, lo cual le da unos conocimientos no solo diferentes, sino también mucho más amplios que los que tiene la inmensa mayoría de sus críticos, al menos en este tema.
Sergio Pérez afirma que «Atzmon no escribe primeramente sobre la cuestión de Palestina» y que al rehabilitar la cuestión judía, al reflexionar sobre ello, «la opresión de los palestinos a manos del sionismo deviene materia secundaria en un marco primario de controversia sobre “lo judío”»: pues bien, tampoco vemos nada equivocado en ello ni en que siendo quien es, su principal preocupación y capacidad sea reflexionar sobre la identidad y la política de identidad judías. Lo cual no quita que, de hecho, denuncie constantemente los crímenes de Israel en Palestina, sin dejar de reconocer, además, que él no es quien deba decir a los palestinos lo que tienen de hacer ni cómo deben hacerlo, cosa que no siempre es el caso en el movimiento de solidaridad con Palestina.
Por último, después de señalar que los compañeros de la editorial Zero Books (que ha publicado su último libro en inglés, The Wandering Who?) se han desmarcado de Atzmon en una carta pública, Sergio Pérez parece desconocer el hecho de que el libro lo apoyan, entre otros, Richard Falk, John J. Mearsheimer, J. Petras, William A Cook y Jean Bricmont.
Hay algo intrínsecamente propio y diferente en «lo judío», como en cualquier otra ideología que se precie. También tienen mucho en común. El propio Gilad Atzmon lo indica en su libro mediante los planteamientos de otro intelectual-filósofo austriaco que levantaría ampollas y haría rebosar vasos de paciencia. El esfuerzo de averiguar lo intrínsecamente propio y diferente en «lo judío», el hacerlo sin miedo a las críticas y desde el conocimiento y las vivencias (la praxis) que le confieren una considerable autoridad sobre el tema, esto es precisamente lo que da una importancia sustancial a los argumentos en los escritos de Gilad Atzmon.
Partir de las diferencias para llegar a consensos, a lo que nos une, no es un error. El error radica más bien en lo contrario, aunque se haya universalizado como valor aquello de primar solo lo que nos une y ahorrarnos analizar las diferencias. Método poco científico pero muy cómodo y pacífico o pacifista que excluye automáticamente y de forma beligerante a todos y todas las que no cumplen con este método. Luego, cuando los bienavenidos pasan de las palabras a la praxis, el chasco es monumental y acaba en división y más división. ¿Dónde ha quedado el valor universal de la diversidad? Aprender a convivir y luchar, ni siquiera «a pesar de» sino «con» nuestras diferencias, es imprescindible para superar el divisionismo con el que nos vencen. Construyamos el tejado del consenso sobre las diferentes columnas de nuestra diversidad y no sobre un espacio sin contrastar con la realidad, un espacio virtual, un deseo. Es necesario analizar las diferencias si queremos que el tejado no acabe aplastándonos como losa en nuestra fosa llena de los gusanos de la «cristianidad». El deseo no es suficiente para sostener el consenso.
En lo judío hay, efectivamente, algo diferente, pútrido e incuso dañino y puede que sea irreversible. También lo hay en el cristianismo, en el capitalismo y en cualquier religión-ideología que haya creado daño, haya podrido y haya destruido irreversiblemente o lo esté haciendo todavía en estos momentos. No podemos negarnos a analizar el burocratismo en el socialismo real si queremos construir otro mundo posible y necesario. Nos parecería un error considerar que sólo en el judaísmo no hay gérmenes que merezcan ser reexaminados y sometidos a debate para encontrar una salida a la extremadamente difícil y complicada resolución del problema sionista-judío-israelí con la tierra y los habitantes de Palestina. Bienvenido sea, pues, este intento de comprender para poder romper los círculos viciosos en los que está metida la «judeidad» y que impiden la paz, aumentan día tras día el sufrimiento y la miseria en Palestina, y ponen en peligro al mundo entero. No son suficientes los discursos teóricamente e «ideológicamente correctos» si luego solo se mira desde lejos cómo da vueltas el carrusel de la muerte para los palestinos y palestinas. Y no nos parece una buena solución mirar y criticar el dedo que señala este carrusel.
Desde luego debemos analizar y criticar los argumentos de los escritos de Gilad Atzmon. Encontraremos debilidades, equivocaciones y errores tanto cuando deduce desde algunos valores universales, a los que se agarra como clavo ardiente para huir de la cárcel que le supone la judeidad, como cuando induce desde el análisis de múltiples rasgos y aspectos, vivencias y conocimientos de la judeidad y los universaliza. Sin embargo, para aprender y consensuar es más importante sacarnos los propios gusanos de nuestra manzana podrida de la «cristianidad» capitalista y de sus valores universales, en los que tenemos tanta fe, e inducir, desde esta crítica, nuevos valores universales. Pero antes de imponer nuestra nueva inducida «universalidad» a otros es de recibo trabajar conjuntamente y consensuar constructivamente: «crítica por crítica y argumento por argumento» dejando ojos y dientes tranquilos. En la batalla de las ideas no son siempre solo los demás los que confunden al compañero con el enemigo y la realidad con su propio deseo.
En todo caso, como hemos señalado al principio, creemos que es a los propios lectores a quienes les corresponde decidir acerca de la presencia o no del supuesto antisemitismo, de la chutzpah , la toxicidad y ceguera en los escritos de Gilad Atzmon. El escritor y músico como persona no es ni ciego, ni tóxico, demuestra una admirable ausencia de chutzpah y, desde luego, es todo lo contrario a un antisemita. Lo que sí es muy cierto es el título del artículo de Sergio Pérez – que, lo reconocemos, hemos sacado de contexto – ya que todas estas características son una constante «en el discurso de la solidaridad con Palestina».
Por todos estos motivos, no tenemos intención de dejar de traducir sus escritos. Es más, recomendamos muy vivamente la lectura de sus artículos y de su último libro que publicará en breve Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

GILAD ATZMON, MÚSICO


Saxofonista de jazz mundialmente conocido, ha grabado hasta el momento trece discos, de los cuales Exile fue elegido por la BBC disco de jazz del año 2003.
En sus producciones ha integrado  los sonidos, los instrumentos  y las músicas de Oriente Medio, el Norte de África y Europa oriental. Además del saxo en todas sus variantes (alto, soprano, tenor y barítono), en sus actuaciones también toca el clarinete, el zurna y la flauta.
Algunos críticos han definido su estilo de jazz  como bebop/hard bop con incursiones en el free jazz y el swing. Todo ello, inspirándose en el folclore árabe, balcánico, gitano, ladino…, pero también en el tango y el klezmer, la música de los judíos askenazíes del este de Europa.
En 1998, al poco de establecerse en el Reino Unido se unió a la veterana banda de punk rock Ian Dury and the Blockheads y siguió tocando con The Blockheads tras la muerte de Ian Dury. Ha tocado con figuras como Shane McGowan, Robbie Williams, Sinéad O’Connor, Robert Wyatt y Paul McCartney y grabado dos discos (Comercopia,2007 y Fort he Ghosts Within, 2010) con Robert Wyatt , quien ha dicho de él: “es uno de los pocos genios musicales que he encontrado en toda mi vida”. Pero sus intereses musicales no se limitan solo al mundo anglosajón y ha tocado con músicos de todo el mundo: la cantante palestina Reem Kelani, el cantante tunecino y solista de laúd Dhafer Youssef, el violinista Marcel Mamaliga, el acordeonista Romano Viazzani, el bajista Yaron Stavi, el violinista Dumitru Ovidiu Fratila, el cantante argentino Guillermo Rozenthuler

Gilad Atzmon fundó en Londres el año 2000 la banda Orient House Ensemble, con Asaf Sirkis, Frank Harrison y Oli Hayhurst, sustituido en 2003 por Yaron Stavi. En 2009 Eddie Hick sustituyó a Sirkis. La banda ha grabado ocho discos y en 2010 celebró su décimo aniversario con una larga gira y el anuncio de un nuevo disco. Recientemente ha sido el responsable de la producción y los arreglos musicales de los dos últimos discos de Sarah Gillespie, Stalking Juliet (2009) y In the Current Climate (2011), que obtuvieron un amplio reconocimiento de la crítica. Gilad suele acompañar a la banda de Sarah Gillespie tocando alguno de sus instrumentos predilectos: el saxo, el clarinete y el acordeón.
 
Discografía
 The Tide Has Changed - Sello discográfico: World Village — Septiembre 2010
 "In loving memory of America" – Sello discográfico: Enja – Enero 2009
 Refuge – Sello discográfico: Enja – Octubre 2007
 Artie Fishel and the Promised Band – Sello discográfico: WMD – Septiembre 2006
 MusiK – Sello discográfico: Enja – Octubre 2004
 Exile – Sello discográfico: Enja – Marzo 2004
 Nostalgico – Sello discográfico: Enja – Enero 2001
 Gilad Atzmon &The Orient House Ensemble – Sello discográfico: Enja – 2000
 Juizz Muzic- Sello discográfico: FruitBeard – 1999
 Take it or Leave It – Sello discográfico: Face Jazz – 1997
 Spiel- Both Sides – Sello discográfico: MCI – 1995
 Spiel Acid Jazz Band- Sello discográfico: MCI – 1995
 Spiel- Sello discográfico: In Acoustic&H.M. Acoustica – 1993

Prólogo de Gilad Atzmon a La identidad errante


El interesante Prólogo de Gilad Atzmon a La identidad errante, en el que explica sus razones para romper con el sionismo imperante en Israel y del que publicamos un amplio extracto, se abre con la siguiente cita de Israel Shahak, escritor antisionista israelí:

Los nazis me hicieron tener miedo de ser judío, y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío.

Mi abuelo fue un carismático, poético y veterano terrorista sionista. Un destacado ex comandante de la organización terrorista de derecha Irgún que, debo admitir, tuvo una enorme influencia sobre mí durante los primeros años de mi vida. Hacía gala de un odio implacable hacia cualquier cosa que no fuera judía. Odiaba a los alemanes y, en consecuencia, no permitió que mi padre se comprase un coche alemán. También despreciaba profundamente a los británicos por haber colonizado su «tierra prometida». Sin embargo, he de suponer que no los detestaba tanto como a los alemanes, ya que permitió que mi padre condujese un viejo Vauxhall Viva. Lo irritaban también los palestinos, por vivir en la tierra que, según él, les pertenecía a él y a su pueblo. Solía comentar: «Con tantos países como tienen estos árabes, ¿por qué tienen que vivir precisamente en el lugar que nos fue “otorgado” por nuestro Dios?». Sin embargo, por encima de todo, a quien mi abuelo odiaba más era a los judíos de izquierda. Aquí es importante mencionar que como los judíos de izquierda nunca han producido ningún modelo reconocido de automóvil, este odio específico no generó ningún conflicto de intereses entre él y mi padre. Como seguidor de Zeev Jabotinsky, líder del sionismo revisionista de derechas, mi abuelo había llegado, obviamente, a la conclusión de que la filosofía de izquierda, unida a cualquier forma de sistema de valores judío, era un contrasentido. Veterano terrorista y orgulloso halcón judío, sabía muy bien que el tribalismo nunca puede vivir en paz con el humanismo y el universalismo. Siguiendo a su mentor Jabotinsky, creía en la filosofía del «Muro de Hierro». Como él, mi abuelo respetaba al pueblo árabe y tenía una alta opinión de su cultura y su religión, pero creía que había que enfrentarse a ellos, a los árabes en general y a los palestinos en particular, abierta y fieramente. Citando el himno del movimiento político de Jabotinsky, solía repetir: Desde el abismo de la decadencia y del polvo con sangre y sudor surgirá ante nosotros una raza orgullosa, generosa y fiera. Mi abuelo creía en el renacimiento del orgullo de la «raza judía», así que yo también lo creí durante los primeros años de mi vida. Al igual que mis compañeros, no veía a los palestinos que me rodeaban. Indudablemente estaban ahí (arreglaban el coche de mi padre a mitad de precio, construían nuestras casas, limpiaban lo que ensuciábamos y acarreaban cajas en la tienda de alimentación local), pero siempre desaparecían justo antes de la puesta del sol y volvían a aparecer antes del amanecer. Nunca tratábamos con ellos. En realidad, no sabíamos quiénes eran ni lo que representaban. La supremacía había calado hondo en nuestras almas, mirábamos el mundo a través de lentes racistas y chovinistas. Y no sentíamos ninguna vergüenza por ello. A los diecisiete años me disponía a cumplir el servicio militar obligatorio. Como era un muchacho de buena constitución lleno de entusiasmo militante, debía incorporarme a una unidad especial de rescate de la fuerza aérea. Pero entonces ocurrió algo inesperado. En un programa de jazz a altas horas de la noche escuché a Bird (Charlie Parker), con los Strings. Me dejó alucinado. La música era lo más orgánico, poético, sentimental y salvaje que había oído hasta entonces. Mi padre solía escuchar a Bennie Goodman y Artie Shaw, los dos eran entretenidos (no hay duda de que sabían tocar el clarinete), pero Bird era algo completamente diferente. Había en él un intenso y libidinoso alarde de ingenio y energía. A la mañana siguiente falté a clase y fui corriendo a Piccadilly Records, la principal tienda de discos de Jerusalén. Encontré la sección de jazz y compré todas las grabaciones de bebop que tenían, lo que probablemente equivalía a dos discos. En el autobús de vuelta a casa me di cuenta de que en realidad Parker era negro. No me pilló completamente por sorpresa, pero fue una especie de revelación. En mi mundo, solo los judíos se asociaban con todo lo bueno. Bird fue el principio de un viaje. En aquella época, mis compañeros y yo estábamos convencidos de que los judíos eran verdaderamente el pueblo elegido. Mi generación creció con la mágica victoria de la Guerra de los Seis Días. Estábamos complemente seguros de nosotros mismos. Como éramos laicos, atribuíamos todos esos éxitos a nuestras cualidades omnipotentes. No creíamos en la intervención divina, creíamos en nosotros mismos. Creíamos que nuestro poder tenía su origen en nuestros cuerpos y almas hebreos resucitados. Los palestinos, por su parte, nos servían obedientemente, y en aquel momento no parecía que la situación fuera a cambiar nunca. No daban verdaderas muestras de resistencia colectiva. Los denominados «ataques terroristas» esporádicos hacían que nos sintiésemos justificados y nos llenaban de deseos de venganza. Pero en medio de esta orgía de omnipotencia y para mi gran sorpresa, de algún modo me di cuenta de que las personas que más me entusiasmaban, en realidad, eran un grupo de negros americanos, personas que no tenían nada que ver con el milagro sionista o con mi propia tribu chovinista y exclusivista. Dos días después compré mi primer saxofón. Es un instrumento muy fácil para empezar (pregunten a Bill Clinton), pero aprender a tocar como Bird o Cannonball Adderley parecía una misión imposible. Empecé a practicar día y noche, y cuanto más practicaba más me abrumaba el enorme logro de esta gran familia de músicos negros americanos a los que empezaba a conocer de cerca. En un mes ya conocía a Sonny Rollins, Joe Henderson, Hank Mobley, Thelonious Monk, Oscar Peterson y Duke Ellington, y cuanto más escuchaba más me daba cuenta de que, de algún modo, mi educación judeocéntrica era totalmente errónea. Al cabo de un mes de tener un saxofón metido en la boca, mi entusiasmo de combatiente militar había desaparecido por completo. En vez de pilotar helicópteros detrás de las líneas enemigas, empecé a soñar con vivir en Nueva York, Londres o París. Todo lo que quería era una oportunidad de escuchar en directo a los grandes del jazz y, a finales de la década de los setenta, muchos de ellos todavía andaban por allí. Hoy en día los jóvenes que quieren tocar jazz pueden optar por matricularse en una escuela de música. Cuando yo estaba empezando era muy diferente. Quienes querían tocar música clásica podían acudir al conservatorio, pero quienes querían tocar solo por amor a la música tenían que quedarse en casa repitiendo una y otra vez lo mismo. En aquella época no había cultura de jazz en Israel, y la ciudad en la que nací, Jerusalén, solo tenía un club diminuto, alojado en un viejo y pintoresco baño turco. Todos los viernes por la tarde celebraban una jam session y, durante mis dos primeros años en el jazz, esas sesiones fueron la esencia de mi vida. Dejé todo lo demás. Lo único que hacía era practicar día y noche, incluso dormido, y prepararme para la siguiente «Friday Jam». Escuchaba música y transcribía algunos grandes solos. Practicaba en sueños, imaginando los cambios de acordes y volando por encima de ellos. Decidí dedicar mi vida al jazz, aceptando el hecho de que como blanco israelí mis posibilidades de alcanzar la cumbre eran más bien escasas. Todavía no me daba cuenta de que mi incipiente devoción por el jazz había ahogado mis tendencias nacionalistas judías; fue probablemente allí y entonces cuando dejé atrás la Elegibilidad para convertirme en un ser humano corriente. Y solo años más tarde llegué realmente a comprender que el jazz había sido mi vía de escape. En pocos meses, sin embargo, me fui sintiendo más y más ajeno a la realidad que me rodeaba. Me veía como parte de una familia mejor y más grande, una familia de amantes de la música, personas admirables que se interesaban por la belleza y el espíritu y no por la tierra, el dinero y la ocupación. Con todo, aún tenía que presentarme al servicio militar. Las generaciones posteriores de jóvenes músicos de jazz israelíes simplemente escaparon del ejército huyendo a Nueva York, la Meca del jazz, pero para mí, un chico joven de Jerusalén con orígenes sionistas, aquello no era una opción. Nunca se me ocurrió esa posibilidad. En julio de 1981 me uní a las IDF, pero desde mi primer día en el ejército hice todo lo posible para evitar la llamada del deber, no porque fuera pacifista ni porque me preocuparan mucho los palestinos, sino, sencillamente, porque prefería quedarme a solas con mi saxofón. En junio de 1982, cuando estalló la primera guerra entre Israel y el Líbano, llevaba un año de soldado. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de la verdad. Sabía que nuestros dirigentes mentían; de hecho, todos los soldados israelíes sabían que aquella era una guerra de agresión por parte de Israel. Yo, personalmente, ya no me sentía en absoluto vinculado a la causa sionista, a Israel o al pueblo judío. Ya no me atraía sacrificarme en el altar judío. Pero lo que me impulsaba no era todavía la política o la ética, sino mis deseos de estar a solas con mi nuevo saxofón Selmer Paris Mark IV. Hacer escalas a la velocidad de la luz me parecía mucho más importante que matar árabes en nombre del sufrimiento judío. Así, en vez de convertirme en un asesino cualificado, empleé todas mis energías en entrar en una de las bandas militares. Me llevó varios meses, pero finalmente aterricé sano y salvo en la Orquesta de la Fuerza Aérea Israelí (IAFO, por sus siglas en inglés). La IAFO se constituía de una forma muy particular. Uno podía ser aceptado por ser un excelente músico o un prometedor talento, o por ser hijo de un piloto fallecido. El hecho de que me aceptaran sabiendo que mi padre todavía estaba entre los vivos reforzó mi confianza: por primera vez consideré la posibilidad de que podía tener talento musical. Para mi gran sorpresa, ninguno de los miembros de la orquesta se tomaba el ejército en serio. Lo único que a todos nos preocupaba era nuestra formación musical personal. Odiábamos el ejército, y en poco tiempo empecé también a odiar al propio Estado que necesitaba una fuerza aérea que necesitaba una banda que me impedía practicar las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana. Cuando nos llamaban para tocar en un acontecimiento militar, tratábamos de hacerlo lo peor posible, solo para asegurarnos de que no nos iban a volver a invitar. A veces incluso nos juntábamos por la tarde únicamente para practicar el tocar mal. Nos dimos cuenta de que cuanto peor tocáramos como colectivo, más libertad personal tendríamos. En la orquesta militar aprendí por primera vez cómo ser subversivo, cómo sabotear el sistema para luchar por alcanzar un ideal personal. En el verano de 1984, justo tres semanas antes de librarme del uniforme militar, nos enviaron al Líbano para una gira de conciertos. En aquel momento era un lugar muy peligroso. El ejército israelí estaba completamente enterrado en búnkers y trincheras, para evitar cualquier enfrentamiento con la población local. El segundo día salimos hacia Ansar, un conocido campo de internamiento en el sur de Líbano. Esa experiencia iba a cambiar completamente mi vida. Al final de un sucio y polvoriento camino en un día de calor espantoso, a primeros de julio, llegamos al infierno en la tierra. El inmenso centro de detención estaba rodeado por una alambrada. Mientras nos dirigíamos en coche hacia la comandancia del campo vimos a miles de presos al aire libre abrasados por el sol. Por difícil que resulte de creer, las bandas militares siempre reciben tratamiento de vips en sus desplazamientos, de modo que, en cuanto llegamos a las barracas de los oficiales, nos llevaron a hacer una visita guiada del campo. Caminamos a lo largo de la interminable alambrada y de las torres de vigilancia. No podía creer lo que veían mis ojos. «¿Quién es esta gente?», pregunté al oficial. «Palestinos», dijo. «A la izquierda están los de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), y a la derecha los chicos de Ahmed Jibril (Frente Popular para la Liberación de Palestina – Comando General), esos son mucho más peligrosos, así que los mantenemos aislados». Observé a los presos. Parecían muy diferentes a los palestinos de Jerusalén. Los que vi en Ansar estaban enojados. No estaban derrotados, eran luchadores por la libertad y eran muchos. Mientras continuábamos avanzando por la alambrada seguí mirando a los presos y llegué a una verdad insoportable: yo estaba caminando por el otro lado, vestido con un uniforme israelí. El lugar era un campo de concentración. Los presos eran los «judíos», y yo no era más que un «nazi». Me costaría años admitir que incluso la oposición binaria judío/nazi era en sí misma consecuencia de mi adoctrinamiento judeocéntrico. Mientras cavilaba sobre la resonancia de mi uniforme, tratando de lidiar con la enorme sensación de vergüenza que iba creciendo en mí, llegamos a una enorme explanada en el centro del campo. El oficial que hacía de guía para nosotros nos regaló unos cuantos tópicos más acerca de la guerra que se estaba librando para defender nuestro paraíso judío. Mientras nos aburría mortalmente con sus irrelevantes mentiras hasbara (propaganda) me di cuenta de que estábamos rodeados de dos docenas de bloques de cemento de aproximadamente un metro cuadrado de superficie por 1,3 metros de altura cada uno, con una pequeña puerta de metal como entrada. Me horrorizó la idea de que mi ejército pudiera encerrar por la noche a los perros guardianes en esas cajas. Poniendo en práctica mi desfachatez israelí, me encaré con el oficial acerca de aquellos horribles cubos de cemento para perros. Rápidamente me respondió: «Son nuestros bloques de aislamiento; ¡al cabo de dos días en uno de esos, te vuelves un sionista devoto!». Aquello fue suficiente para mí. Me di cuenta de que se había terminado mi romance con el Estado israelí y con el sionismo. Aunque en realidad todavía sabía muy poco de Palestina, de la Nakba o incluso del judaísmo y de la judeidad. Lo único que vi entonces fue que, por lo que a mí respectaba, Israel era un mal asunto, y no quería tener nada más que ver con él. Dos semanas después devolví mi uniforme, agarré mi saxo alto, tomé el autobús al aeropuerto Ben-Gurion y me fui a Europa por unos meses a tocar en las calles. A los veintiún años era libre por primera vez. A pesar de todo, diciembre me resultó demasiado frío y volví a casa, aunque con la clara intención de volver a Europa. En cierto modo ya anhelaba convertirme en un goy o, al menos, estar rodeado de goyim*.
[ * Goy, plural goyim, es un término hebreo que significa literalmente «nación» En referencia a los miembros de otras naciones, se utiliza como sinónimo de «no judío» (N.T.)]