miércoles, 12 de diciembre de 2012

REBELIÓN: WALTER WENDELIN COMENTA LA IDENTIDAD ERRANTE

Algunas observaciones sobre el libro "La Identidad Errante" de Gilad Atzmon
y quiénes yerran con qué errores
 
La sinagoga de naipes al borde del cinismo cristiano

Gilad Atzmon, La identidad errante, Madrid, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2012.

Aceptando el reto frente al disənso, Ediciones del Oriente y del Mediterráneo ha publicado el último libro del escritor y músico de jazz, Gilad Atzmon, La identidad errante, en el que critica severamente el terrorismo sionista e incluso marxista judío y el tribalismo judío, y analiza desde los inicios de la historia la idiosincrasia judía al margen de los pueblos, etnias, culturas o naciones a los que pertenezca cada judío. Lo hace con la autoridad de haber nacido en Palestina, en una familia judía algunos de cuyos miembros pertenecían en calidad de dirigentes a grupos terroristas sionistas implicados en crímenes de limpieza étnica. Él mismo ha sufrido toda la educación judía, incluido el servicio militar. Sin embargo, gracias al jazz de Charlie Parker y otros músicos a los que la idiosincrasia de pueblo elegido judío desprecia por ser negros, logró superar el adoctrinamiento judío-sionista-israelí y establecerse en Londres dejando atrás definitivamente su pertenencia a la entidad sionista, Israel.
Toda la mitología seudo-histórica de lo judío cae como un castillo de naipes al constatar que los que más cometen el delito del antisemitismo son los propios judíos ya que, salvo las excepciones de palestinos originarios que abrazan la fe judía, la inmensa mayoría no tiene relación alguna con la etnia semita, a la que sí pertenecen prácticamente todos los palestinos. A partir de ahí busca y encuentra muchas respuestas a las preguntas del por qué de la existencia de Israel, de su terrorismo de Estado y de la complicidad del resto del mundo occidental con su proyecto sionista. Animamos a la lectora o lector a retroceder con los pasos y las palabras de Gilad Atzmon por el camino del eterno exilio judío desde la actual Israel hasta sus orígenes en algún lugar del mundo, muy cerca las profundidades del alma humana y muy lejos de Palestina.

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Rebelión
Walter Wendelin

martes, 20 de noviembre de 2012

La Comunidad de ELPAÍS.com se hace eco de La identidad errante, de Gilad Atzmon


Israel, un pueblo inventado, un Estado sinécdoque

Gauden Sarasola
Un magnífico y necesario libro desmitifica algunas "indiscutibles verdades" sobre la identidad judía.
El que avisa no es traidor, y esto aquí se cumple por partida doble: por una parte, el libro de Gilad Atzmon (La identidad errante. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, 2012) se abre con una frase, debida al superviviente de los campos nacionalsocialistas Israel Shahak, que deja claramente expuesta la orientación de lo que va a venir a continuación, "los nazis me hicieron tener miedo de ser judío, y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío", centrando además su investigación en un punto de partida-interrogación que nadie se atreve a plantear : ¿qué es ser judío? ; por otra, diré que el menda avisa desde el inicio que estamos ante un libro importante, qué digo importante, necesario a todas luces.

sábado, 3 de noviembre de 2012

PRESENTACIÓN DE "LA IDENTIDAD ERRANTE" EN BOGUI JAZZ



El 31 de octubre tuvo lugar la presentación de La identidad errante en Bogui Jazz. La presentación estuvo a cargo de Javier Gallego, quien, tras hacer una semblanza de Gilad Atzmon, entrevistó al autor ante una nutrida audiencia. Pablo Carbajosa acometió con éxito la difícil tarea de traducir del inglés al español el acerado verbo de quien se define a sí mismo como palestino hebreoparlante. La presentación fue seguida de un vibrante concierto de Gilad acompañado por Yaron Stavi al contrabajo y Carlos González a la batería.

lunes, 29 de octubre de 2012

GILAD ATZMON PRESENTA EN ESPAÑA "LA IDENTIDAD ERRANTE"

Resumen de prensa de la gira de Gilad Atzmon
por nuestro país para presentar La identidad errante


 Alison Hughes talks with author and musician Gilad Atzmon, who was in Madrid to present the Spanish translation of his latest book "The Wandering Who: A Study of Jewish Identity Politics", published in Spain by Ediciones del Oriente y del Mediterraneo. The composer, arranger and saxophone and clarinete player also gave a couple of concerts with his trio at the Bogui Jazz Club. To learn more about this extraordinary musician and independent thinker check out his website: www.gilad.co.uk

Escucha la conversación de Alison Hughes con Gilad Atzmon en RNE

JAZZ | Gilad Atzmon
'Ya no soy judío'
El más famoso saxofonista de Israel es un enemigo para los nacionalistas...
Y un sospechoso para los palestinos. Estrena gira y libro en España.
Pablo Sanz | Madrid elmundo.es
Actualizado lunes 29/10/2012 14:10 horas


"Los nazis me hicieron tener miedo de ser judío y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío". El saxofonista y escritor Gilad Atzmon (Tel Aviv, 1963) toma las palabras del que fuera superviviente del Holocausto alemán, profesor y defensor de los derechos humanos Israël Shahak para prologar su nuevo libro, 'La identidad errante. La identidad judía a examen' (Editorial Disenso), que estos días llega a las librerías españolas. El desembarco literario, además, se acompaña de tres actuaciones, una en Valencia (este martes en el Jimmy Glass Club) y dos en Madrid (el miércoles y jueves en el Bogui Jazz).



La producción literaria de Atzmon, como la de todas esas voces que se niegan a tomar discursos extremos, siempre ha sido recibida entre polémica. Algunos judíos, por un lado, le acusan de un antisemitismo venenoso y peligroso, mientras que algunos palestinos hacen lo mismo señalándole como un agente doble al servicio del Estado de Israel. Uno charla con él y todas las ecuaciones posibles se despejan en torno a una solución más sencilla, la que se deriva del sentido común y una humanidad que Atzmon reivindica para todos los pueblos.

Sea como fuere, queda claro que en el conflicto palestino-israelí él tiene su particular postura y opinión, que se vertebra en torno a una crítica razonada y argumentada contra el sionismo radical. Él siente que tiene que elevar esta voz, asumiendo que otras denunciaran otros extremos. No obstante, en esta nueva publicación, Atzmon deja a las claras que el extremismo nacionalista israelí tiene buena parte de responsabilidad en la falta de paz en aquella tierra del Oriente medio.

A lo largo de sus 256 páginas, Atzmon analiza y reflexiona en su nuevo libro sobre cuestiones ya abordadas en anteriores publicaciones y ensayos, actualizándolas y compilándolas en un mismo volumen: el judaísmo y la 'judeidad'; la cultura judía y la ideología judía; la actitud política israelí en la historia y el tiempo; el papel del holocausto; la influencia de los grupos de presión sionistas; el eco del conflicto en los medios de comunicación, etcétera.

Posteriormente, o de forma paralela, todas estas reflexiones son plasmadas en su gran pasión musical, el jazz, un género cuyo espíritu rebelde ya marida de entrada con su actitud vital.

Experiencias definitivas

El saxofonista y clarinetista Gilad Atzmon se marchó a Londres mediada la década de los 90, cansado de la radicalidad sionista y después de haber cumplido el servicio militar en la guerra que Israel declaró al Líbano a comienzos de los 80. Su participación en aquel conflicto acabó por despejar todas sus dudas sobre la 'identidad judía': "Veía a palestinos por todas partes, hasta que me dije, '¡diablos, si es que estoy viviendo en territorio palestino!'. Fue entonces cuando decidí marcharme, eso sí, con cierto sentimiento de culpa".

Aterrizó en la capital británica para cursar y completar estudios de Filosofía alemana, aunque el jazz pasó a formar parte de su verdadera vida profesional. De hecho, Atzmon, que había estudiado música en la Academia Rubin de Jerusalén, llegó a tener excepcionales padrinos en las figuras de Memphis Slim, Michel Petrucciani o Jack DeJohnette, con los que realizó varias giras. "En realidad, ya cuando estaba en el Ejército hacía todo lo posible para evitar la llamada del deber, no porque fuera pacifista ni porque me preocuparan excesivamente los palestinos, sino sencillamente porque prefería quedar me a solas con mi saxofón". Tras su llegada a Londres fundó el grupo con el que hoy escribe sus discursos musicales, el Orient House Ensemble, que toma su nombre de la casa de la familia Al Husseini, la que fuera sede oficiosa de la Autoridad Palestina en Jerusalén hasta que fue ocupada por los militares israelíes. Al margen de sus vientos, la musculatura jazzística del grupo se sostiene en el buen hacer del pianista Frank Harrison, el contrabajista Yaron Stavi y el baterista y percusionista Eddie Hick (en su gira española no acude con el pianista y su baterista habitual será reemplazado por Carlos 'Sir Charles' González).

Tras varias entregas discográficas en pequeñas compañías, Gilad Atzmon y los muchachos del Orient House Ensemble firmaron por uno de los sellos independientes con más prestigio, Enja, donde lleva varios discos publicados. En su paleta expresiva caben todos los corazones musicales de Oriente Medio, tanto judíos como árabes, así como la efervescencia rítmica gitana de los Balcanes, el latido negro de África y la cadencia melódica de géneros como el tango.

La vida al otro lado de la trinchera

Hoy, Gilad Atzmon ya no se siente judío: "He dejado atrás la idea de pueblo elegido" y plantea preguntas a sus paisanos: "¿Cómo es que un pueblo que ha sufrido tanto y durante tanto tiempo puede infligirle tanto dolor al otro? ¿Cómo pueden los sionistas, que están motivados por un genuino deseo de regreso, estar tan ciegos cuando se enfrentan a un deseo similar por parte del pueblo palestino?". El saxofonista y clarinetista subraya sus argumentos recordando los primeros combates contra su propio pensamiento: "Asimilé el hecho devastador de que en 1948 los palestinos no habían abandonado sus hogares voluntariamente, como se nos decía en la escuela, sino que habían padecido una brutal limpieza étnica a manos de mi abuelo y los suyos. Empecé a comprender que en Israel nunca ha dejado de haber limpieza étnica, sino que, simplemente, ésta ha adoptado otras formas, y empecé a admitir el hecho de que el sistema legal israelí no era imparcial, sino racista". Y para concluir, una experiencia definitiva, que marcaría todo lo que hoy es y puede ser Gilad Atzmon: "En el verano de 1984, justo tres semanas antes de librarme del uniforme militar, nos enviaron al Líbano para una gira de conciertos. Al final de un sucio y polvoriento camino en un día de calor espantoso, a primeros de julio, llegamos al infierno en la tierra. El inmenso centro de detención estaba rodeado por una alambrada. El lugar era un campo de concentración. Los presos eran los 'judíos', y yo, un 'nazi'". Tal y como le sucedió a Israël Shahak.



Polémico libro de músico exjudío antes de festival de jazz
Gilad Atzmon seguirá al guitarrista Jonathan Kreisberg en el certamen de artistas contemporáneos del Jimmy Glass
JUAN MANUEL JÁTIVA 22 OCT 2012 - EL PAÍS/VALENCIA


Gilad Atzmon.

Menos bromas con el estereotipo del judío errante. El saxofonista o, mejor, multiinstrumentista Gilad Atzmon pone en cuestión la expresión desde el mismo título de su último libro: The wandering who? para aclarar de qué va su tercer ensayo en el subtítulo: A study of jewish indetity politics. O La identidad judía a examen, en la edición española que el propio autor presentará el próximo día 30, en Valencia, y los días 31 y 1 de noviembre en Madrid, junto a dos actuaciones que tendrán lugar en el Jimmy Glass y en el Bogui Jazz, respectivamente. De la complejidad del artista y escritor de origen israelí, que a sí mismo se considera un exjudío, se puede extraer una idea al enlazar todo eso con los conciertos de los Blockheads de Ian Dury que tenía previsto compartir este fin de semana en el Reino Unido, donde reside habitualmente.

La presentación del nuevo libro en Valencia, editado en España como La identidad errante y precedido en Gran Bretaña de una polémica tal que, al parecer, estuvo a punto de dar al traste con su publicación, tendrá lugar en la librería Cosecha Roja de la calle Sevilla, como aperitivo del segundo concierto del Festival de Jazz Contemporáneo que programa el Jimmy Glass Club del barrio del Carmen, en lo que supone un repetido desafío a la crisis ya que es la segunda edición. El festival arrancará seis días antes, es decir el miércoles próximo, con la actuación del guitarrista Jonathan Kreisberg, estrella de la escena neoyorquina que abarca con naturalidad un amplio abanico que va desde las influencias iniciales de Robert Fripp a la deriva tradicionalista de un álbum como Night songs.

Se trata de un cartel en el que los acompañantes son en algunos casos, tan relevantes como los cabezas de lista. Es el caso del saxo alto Wil Vinson, que participó en el  álbum más significativo de Kreisberg , The South of Everywhere y sigue a su lado ahora; del batería Francisco Mela, que llega a este festival en el trío encabezado por la saxofonista Melissa  Aldana, pero ha formado parte del grupo de Joe Lovano y ha tocado con estrellas como McCoy Tyner y Kenny Barron; o el saxofonista Stacy Dillard, que acude en el cuarteto del guitarrista Greg Diamond, la propuesta más latina del certamen.

Por no hablar de las formaciones en que los músicos se hablan de tú a tú, como es el caso del cuarteto reunido para el 19 de noviembre, en el que Perico Sambeat, Albert Sanz y Javier Colina se olvidan de sus propios proyectos para unirse al que fuera batería de Miles Davis, Al foster, y ofrecer una especial noche (Valencia Moon, ha sido bautizada) dedicada a darle una vuelta de tuerca a algunos estándares del hard bop .La representación española juega al máximo nivel, completada por el saxofonista y flautista Jorge Pardo, que presentará formalmente en Valencia el disco Huellas, última y brillante destilación de su combinado de flamenco y jazz.

El guitarrista Josemi Carmona, miembro de Ketama e hijo de Pepe el Habichuela, forma parte del sexteto que acompaña a Jorge Pardo para la presentación de este doble CD y el que como novedad se incorpora el trompetista valenciano Voro García.

Mención aparte merece el saxofonista bostoniano Jerry Bergonzi, que  vuelve al Jimmy para poner alto el listón del festival,  apoyado en su habitual rítmica, integrada por músicos que son figuras por derecho propio, a sabe: Dave Santoro, Andrea Michelutti y Carl Winter.  Completan el programa dos conciertos off festival, es decir, fuera de las tarifas del certamen, que son el protagonizado por la cantante Ganavya Doraiswami, al frente de un trío de jazz indio, y el del trío liderdo por el pianista valenciano Alberto Palau. Tanto Jeremy Pelt, como Gilad Atzmon y Greg Diamond actuan por primera vez en Valencia.




Gilad Atzmon, una identidad errante        © Cuadernos de Jazz, octubre-2012
El escritor y saxofonista, que se identifica a sí mismo como exjudío, estará en España la próxima semana para presentar la traducción al español de su último libro, The Wandering Who?: aprovecha la ocasión para ofrecer tres noches de conciertos entre Valencia y Madrid.

El tercer trabajo de Gilad Atzmon como escritor, el primero publicado en España, está editado por Ediciones de Oriente y del Mediterráneo (Madrid) bajo el título La identidad errante (La identidad judía a examen), un ensayo que Gilad comienza con la frase del político liberal Israel Shahak, nacido en Polonia y sobreviviente del Holocausto: “Los nazis me hicieron tener miedo de ser judío y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío”.

Gilad se expresa casi en igualdad a través de la música y la palabra: una y otra están cargadas de experiencias vividas en primera persona. Su defensa de la causa Palestina no es la de un activista de salón sino la de alguien que conoce a la perfección la realidad de uno y otro lado del muro. Por tanto su música no puede dejar de estar impregnada de ello.

El día 30 de octubre el libro se presenta en la librería La cosecha roja, en Valencia. Por la noche, el trío de Gilad Atzmon (con Yaron Stavi en el contrabajo y Carlos González “Sir Charles” en la batería) estarán actuando en el Jimmy Glass, en un concierto especial dentro del programa de la segunda edición de su Festival de Jazz Contemporáneo.

El miércoles 31, autor y editorial ofrecen una rueda de prensa en el Café del Círculo de Bellas Artes de Madrid: la convocatoria es a las 13:00 hs.

Por la noche (21:00 hs) el libro se presenta en el Bogui Jazz con Javier Gallego (creador y director del programa Carne Cruda) como maestro de ceremonias. A las 22:30 dará comienzo el concierto del trío que tendrá otra noche más de música al día siguiente, el  1 de noviembre, en el mismo Club.





martes, 18 de septiembre de 2012

Gilad Atzmon, La identidad errante, primera entrega de la colección disenso

Ya están a la venta las entradas para los conciertos de Gilad Atzmon
en Madrid:
el miércoles, 31 de octubre y el jueves 1 de noviembre, a las 22.30 en Bogui Jazz,
Gilad Atzmon (saxos y clarinete), Yaron Stavi (contrabajo) y Carlos González —Sir Charles— (batería) ofrecerán un concierto con motivo de la presentación en Madrid
de La identidad errante, el último libro de este polifacético autor.
La presentación, una entrevista en "Carne Cruda",
entre el autor y Javier Gallego,
tendrá lugar en la misma sala a las 21.00 del miércoles (entrada libre hasta conpletar aforo).
Entradas en: ticketea



Y en Valencia, presentación en la librería Cosecha Roja (C/Sevilla, 20), a las seis de la tarde, y concierto en el club Jimmy Glass (C/Baja, 28; Barrio del Carmen), de 10 a 12 de la noche, el martes 30 de octubre, en el marco del II Festival Internacional de Jazz Contemporáneo.

 ¿Quién es Gilad Atzmon?
Reproducimos a continuación la entrevista que Chema García Martínez publicó en El País en septiembre de 2010 con el saxofonista de jazz y escritor nacido en Israel con motivo de la inauguración del Festival de Jazz de Ibiza:

"Soy ex judío; he dejado atrás la idea de pueblo elegido"




CHEMA GARCÍA MARTÍNEZ - Ibiza - 02/09/2010



"La masacre israelí en mar abierto fue una repetición del asesinato de Cristo". Quien así habla podría ser un miembro del Parlamento palestino fuera de servicio; quizá un integrante de un colectivo antisionista en gira de promoción. Sin embargo, Gilad Atzmon es un músico de jazz. De su especie, naturalmente: "Muchos me preguntan por qué toco jazz. No toco jazz por ninguna razón. Simplemente, me encanta. Me seduce la idea de reinventarme día a día y el jazz permite que esto ocurra". El polémico saxofonista y compositor inauguró el pasado jueves una nueva edición del Festival de Jazz de Ibiza con un concierto inusualmente pacífico para lo que es norma en él: "Para mí, el jazz es la máxima expresión artística que existe. No hay nada que lo supere".


"La enseñanza ha esterilizado la música y la ha convertido en fría"


Gilad Atzmon nació en 1963 en Tel Aviv en el seno de una familia tradicional judía. En 1982 sirvió en el Ejército durante la invasión israelí de Líbano: "Aquella experiencia me abrió los ojos al papel que juega Israel como un Estado colonial". En 1994 viajó a Reino Unido para cursar estudios de Filosofía en la Universidad de Essex. Ocho años más tarde, se convirtió en ciudadano británico. Desde entonces, el saxofonista se presenta como "ex israelí" y "ex judío": "Ser ex judío significa dejar atrás el concepto de pueblo elegido y transformarse en un ser humano ordinario. Me siento feliz siendo ex judío". Convertido en uno de los jazzistas británicos más ocupados de cuantos permanecen en activo, Atzmon ha simultaneado sus trabajos como líder del The Orient House Ensemble, con sus colaboraciones junto a Ian Dury and The Blockheads o Robert Wyatt, a quien ha producido su último disco: "Mi música es una fusión de muchas cosas. Me encanta el folk y el jazz antiguo. De hecho, no estoy tan seguro de que me guste tanto el jazz contemporáneo. Opino que su enseñanza se las ha arreglado para esterilizar esta música y convertirla en una manifestación artística fría e intelectual". En 2006, Atzmon creó un álter ego encargado de difundir el "anarquismo musical" entre los aficionados al jazz, el delirante Artie Fishel: "Llegó a ser una celebridad en los Estados Unidos. Había quien lo adoraba y quien lo detestaba".

Articulista y novelista polémico -es autor de Guía de Perplejos, de 2001, y Mi único amor, de 2005-, sus arremetidas en contra del lobby judío y el Estado de Israel, al que ha comparado con la Alemania nazi, le van valido la crítica de prosionistas y antisionistas tanto como la de los antimarxistas, y la de los propios marxistas: "Es obvio que vivo una vida muy intensa bajo una gran presión, pero, seguramente, no sabría vivir de otro modo".


La capacidad del jazzista para meterse en líos parece no tener fin. Su último concierto en Madrid levantó de sus asientos a no pocos espectadores, y no por una diferencia de opinión en torno a la calidad de sus interpretaciones. La incorrección política es su marca de la casa: "Uno piensa en un colega, como Avishai Cohen, que sigue viviendo en Israel. No le conozco personalmente, pero los hechos están muy claros. Prefiere vivir en un Estado de apartheid y habitar una tierra que no es suya. No hay duda de que es un músico estupendo, pero estoy mucho menos convencido de que sea apolítico".



Sobre el libro que presentamos, La identidad errante, que lleva por subtítulo La identidad judía a examen, cabe decir que la identidad judía está vinculada a algunas de las cuestiones más difíciles y polémicas de hoy en día. El propósito de este libro es abrir la discusión sobre muchas de estas cuestiones. Examina la política de identidad judía y la ideología contemporánea judía utilizando tanto la cultura popular como textos académicos. Dado que Israel se define abiertamente a sí mismo como el «Estado judío», deberíamos preguntarnos qué significan las nociones de judaísmo, judeidad, cultura judía e ideología judía. Atzmon analiza el discurso cultural y político laicos judíos, tanto sionista como antisionista.


Examina la actitud política judía hacia la historia y el tiempo, el papel del Holocausto, las ideologías en contra de los gentiles, los grupos de presión judíos, la presión que ejercen el grupo de presión sionista y otros temas. La situación actual de los problemas mundiales suscita una urgente necesidad de cambiar nuestras actitudes hacia la política, la política de identidad y la historia.



La publicación del libro en su versión inglesa suscitó una acerada polémica entre sionistas y antisionistas, hasta el punto de que el editor responsable de zero books estuvo a punto de echarse atrás y justificó la publicación del libro en una larga carta a la opinión pública. La polémica llegó a España antes incluso de la publicación de su traducción al español.

Karl Sabbagh ha dicho de La identidad errante:


«El libro de Gilad Atzmon es tan ingenioso y provocador como su título. Pero también es un libro importante que presenta conclusiones sobre los judíos, la judeidad y el judaísmo que chocarán a algunas personas, pero que son esenciales para entender la política de identidad judía y el papel que desempeñan en la escena mundial».


Y James Petras ha destacado la valentía intelectual de Gilad Atzmon:


«Atzmon tiene el valor del que tanto carecen los intelectuales occidentales».





GILAD ATZMON, UN MÚSICO Y PENSADOR CONTROVERTIDO


Gilad  Atzmon nació el 9 de junio de 1963 en Tel Aviv. Cursó estudios de música en la Rubin Academy of Music de Jerusalén. En 1994 se exilió en el Reino Unido y cursó estudios en la Universidad de Essex, donde obtuvo un máster en Filosofía. En 2002 adquirió la ciudadanía británica.

La guerra del Líbano de 1982 le hizo llegar a la conclusión de que, como miembro de las IDF (Fuerzas de Defensa Israelíes, en las que por aquel entonces servía en cometidos auxiliares), “yo formaba parte de un Estado colonial, basado en el saqueo y la limpieza étnica”.  Como resultado de su toma de conciencia sobre lo que en realidad había representado para la población nativa la creación del Estado de Israel, Gilad Atzmon defiende el derecho al retorno de los refugiados palestinos y la solución de un único Estado para Israel y Palestina.

Sus entrevistas e intervenciones públicas son casi siempre objeto de polémica. Así, cuando se definió como “exjudío”, “un judío que odia el judaísmo” o “un palestino hebreoparlante”. En una entrevista que concedió a Theo Panayides decía: “Yo no escribo sobre política, escribo sobre ética. Escribo sobre identidad. Escribo bastante sobre la cuestión judía, porque he nacido en tierra judía, y todo mi proceso de maduración en persona adulta se vio afectado al comprender que mi gente vivía sobre una tierra usurpada” [Theo Panayides, “Wandering jazz player”, en Cyprus Mail, 21 de febrero de 2010].
Atzmon define la política israelí contra los palestinos de “genocida” [Gibson, Martin. "No choice but to speak out — Israeli musician ‘a proud self-hating Jew’". The Gisborne Herald, 23 de enero de 2009]. Tan conocido como músico lo es, por tanto, también por sus tomas de posición en asuntos especialmente sensibles para los judíos como el Holocausto, la historia de Israel, el sionismo, el judaísmo y la identidad judía, que le han valido ser tachado de antisemita y racista.

Su primer libro, aparecido en 2001, A Guide to the Perplexed, que toma su nombre del libro homónimo escrito en árabe en Al Andalus por el hebreo andalusí Maimónides hacia 1190,  Guía de perplejos, sitúa la acción en 2052, año en que Israel aparece sustituido por un Estado palestino [hay una edición en español: Guía de perplejos, Emecé Editores, 2003]. Su segundo libro, My One and Only Love, que toma su título de la homónima canción de 1952, recreada por John Coltrane y Hartman Johnny en 1963, apareció en 2005, y en él aparecen un trompetista que elige tocar solo una nota y un espía que persigue a criminales de guerra nazis.

Pero el libro que más polémica ha provocado y cuya publicación ha tratado de impedir el llamado lobby sionista ha sido, sin duda, The Wandering Who? A study of Jewish Identity Politics, publicado en español con el título La identidad errante: la identidad judía a examen.

Mientras reconocidos autores como John Mearsheimer, Richard Falk y James Petras han puesto de relieve que  se trata de "un libro fascinante y provocativo sobre la identidad judía en el mundo actual” y que “debería ser leído tanto por judíos como por no judíos” (John Mearsheimer, Universidad de Chicago);que “todos los que defienden una paz verdadera […] no solo deberían leerlo, sino también reflexionar y discutir sobre él” (Richard Falk); y que este libro “es una serie de brillantes iluminaciones y reflexiones críticas sobre el etnocentrismo judío y la hipocresía de quienes hablan en nombre de valores universales pero actúan de manera tribal” (James Petras); otros, como Laurie Penny y Richard Seymour, suscribieron una carta abierta al director de la editorial Zero Books en la que afirmaban que “la idea central del libro de Atzmon es normalizar y legitimar el antisemitismo”. Alan Dershowitz, por su parte, sostuvo que “algunos de los más virulentos detractores de Israel están cruzando la línea roja que separa la crítica a Israel de la legitimación del antisemitismo”. Cuando Dershowitz retó a Mearsheimer y Falk a un debate público en el que explicaran “por qué habían aprobado y hablado tan positivamente sobre un libro tan odioso y antisemita publicado por un escritor tan fanático y deshonesto”, Richard Falk replicó que, si el libro se leía objetivamente, “versaba exclusivamente sobre la “identidad judía”, y  no sobre los judíos, y analiza dicha realidad de manera muy personal, apasionada, provocativa y honesta”. Gilad Atzmon, por su parte, se ofreció para debatir con Dershowitz cuando él quisiera  e insistió en que su libro “es un estudio de la política judía identitaria y de la cultura judía y que no tenia que ver con la etnicidad judía o los orígenes raciales” [http://www.gilad.co.uk/writings/gilad-atzmon-supremacists-on-the-wandering-who.html].

De lo que no cabe duda es que la manera provocativa de expresarse de Gilad Atzmon le ha creado no pocos enemigos y alejado también algunos simpatizantes. Incluso algunos militantes palestinos creen que sus declaraciones pueden acabar desacreditando su causa [Andy Newman "Gilad Atzmon, antisemitism and the left", The Guardian, 25 de septiembre de 2011]. Las acusaciones de antisemitismo han sido tan fuertes que, en 2007, el Comité Sueco contra el Antisemitismo censuró al Partido Socialdemócrata por haber invitado a Atzmon.

El autor califica las acusaciones de antisemitismo como “el habitual método de silenciar usado por los sionistas” [Interview with Gilad Atzmon" en London Tour Dates magazine, 5 de octubre de 2006]. Niega que él sea un antisemita y la propia existencia del antisemitismo. Para él “antisemita es un significante vacío, nadie puede ser antisemita hoy en día, yo incluido, claro. En pocas palabras, uno puede ser racista, lo que no es mi caso,  o mantener un desacuerdo ideológico con el sionismo, como el que yo mantengo”. En 2009 declaró: “Yo no tengo nada contra el pueblo semita, no tengo nada contra nadie. Soy antijudío, no antijudíos”.
 
Polémicas a raíz de la publicación de la edición inglesa de La identidad errante
Al hilo del artículo de Sergio Pérez sobre Gilad Atzmon, Bea Morales, la traductora de The Wandering Who al español, publicó en Rebelión el siguiente artículo:
La realidad y el deseo
El debate planteado por el director de Bósforo Libros, Sergio Pérez, con el artículo que publicó Rebelión el 6 de marzo de 2012 (http://rebelion.org/noticia.php?id=145855) nos parece muy interesante para aquellas personas que leen Rebelión en general, a Gilad Atzmon y, en particular, a sus críticos. Sin lugar a dudas, son los y las lectoras quienes deben tener la última palabra.
El autor de la crítica plantea que los artículos de Gilad Atzmon rayan un racismo cercano al de los nazis, adolecen de arrogancia (chutzpah), dejan en segundo plano la cuestión palestina o solo la utilizan de modo «ilustrativo», no diferencian con claridad «“lo sionista” de “lo judío”» y que Gilad Atzmon trata de rehabilitar «la vieja y pútrida idea de que hay algo intrínseca, dañina e irreversiblemente diferente en “los judíos”, en “lo judío” o en “la judeidad” que merece ser reexaminado y sometido a debate».
No nos vamos a detener en las citas de Gilad Atzmon que encabezan el artículo ya que al estar fuera de su contexto hasta el propio autor de la crítica reconoce que «el lector hará bien en acudir a los artículos que se mencionan –y si es posible en su versión original inglesa – y comprobar por sí mismo, en el contexto, si hemos traicionado el sentido que estos fragmentos parecen tener descontextualizados».
Por nuestra parte no vemos qué tiene de «inconmensurable chutzpah» el afirmar: «A lo largo de toda mi carrera como escritor nunca he criticado a los judíos como pueblo, origen étnico o raza. Tampoco he criticado al judaísmo. Sin embargo, me permito [la cursiva es nuestra] escudriñar la ideología y la cultura judías. Argumento que si Israel se denomina a sí mismo el “Estado judío” y arroja bombas sobre civiles desde aviones decorados con símbolos judíos, tenemos el deber moral de preguntarnos en qué consiste la “judeidad”». ¿Qué tiene de engreído «escudriñar la ideología y cultura judías», siendo Atzmon un judío educado en la ideología y cultura judías de las que ahora se desvincula? Como señala Jean Bricmont, «¿Acaso no es una forma sutil de antisemitismo negar a un judío el derecho a indignarse en relación a sus orígenes, mientras que este tipo de indignación se admite e incluso se respeta cuando se trata de otros orígenes? […] ¿Es razonable, o incluso legítimo, tratar de bloquear determinados debates, por ejemplo, el de la significación y las consecuencias de la identidad judía, en nombre de la «lucha contra el antisemitismo»?» («À propos de Gilad Atzmon», http://www.info-palestine.net/article.php3?id_article=11420, la traducción es nuestra).
Y, por cierto, al título que Sergio Perez da de este artículo publicado en Rebelión y que ha rebosado el vaso de su paciencia («Gilad Atzmon responde a sus detractores sionistas y antisionistas») le sobra la «y». Esta «y» añadida cambia completamente el sentido del titular (véase http://rebelion.org/noticia.php?id=145684).
Respecto a que Gilad Atzmon no diferencia claramente lo judío de lo sionista (cuando el propio Gilad Atzmon afirma que «ninguno de nosotros sabe exactamente dónde termina la judeidad y dónde empieza el sionismo»), Sergio Pérez lo interpreta desde una impresión personal, como él mismo reconoce, parafraseando la cita de Atzmon: «Lo que quiere decir Atzmon es: “Ojalá no supiéramos dónde termina la judeidad y dónde empieza el sionismo”... »¿Y cómo sabe él lo que quiere decir Gilad Atzmon cuando este no lo dice y obviando todo lo demás que Atzmon sí dice al respecto? En sus escritos queda patente que la diferencia entre lo judío y lo sionista es uno de los temas que Gilad Atzmon más se esfuerza en analizar, diferenciar y aclarar, especialmente en su último libro. Lo hace, además, desde la autoridad de haber nacido en Israel y de haber sido educado en esta cultura, religión, ideología, política, espíritu e identidad, lo cual le da unos conocimientos no solo diferentes, sino también mucho más amplios que los que tiene la inmensa mayoría de sus críticos, al menos en este tema.
Sergio Pérez afirma que «Atzmon no escribe primeramente sobre la cuestión de Palestina» y que al rehabilitar la cuestión judía, al reflexionar sobre ello, «la opresión de los palestinos a manos del sionismo deviene materia secundaria en un marco primario de controversia sobre “lo judío”»: pues bien, tampoco vemos nada equivocado en ello ni en que siendo quien es, su principal preocupación y capacidad sea reflexionar sobre la identidad y la política de identidad judías. Lo cual no quita que, de hecho, denuncie constantemente los crímenes de Israel en Palestina, sin dejar de reconocer, además, que él no es quien deba decir a los palestinos lo que tienen de hacer ni cómo deben hacerlo, cosa que no siempre es el caso en el movimiento de solidaridad con Palestina.
Por último, después de señalar que los compañeros de la editorial Zero Books (que ha publicado su último libro en inglés, The Wandering Who?) se han desmarcado de Atzmon en una carta pública, Sergio Pérez parece desconocer el hecho de que el libro lo apoyan, entre otros, Richard Falk, John J. Mearsheimer, J. Petras, William A Cook y Jean Bricmont.
Hay algo intrínsecamente propio y diferente en «lo judío», como en cualquier otra ideología que se precie. También tienen mucho en común. El propio Gilad Atzmon lo indica en su libro mediante los planteamientos de otro intelectual-filósofo austriaco que levantaría ampollas y haría rebosar vasos de paciencia. El esfuerzo de averiguar lo intrínsecamente propio y diferente en «lo judío», el hacerlo sin miedo a las críticas y desde el conocimiento y las vivencias (la praxis) que le confieren una considerable autoridad sobre el tema, esto es precisamente lo que da una importancia sustancial a los argumentos en los escritos de Gilad Atzmon.
Partir de las diferencias para llegar a consensos, a lo que nos une, no es un error. El error radica más bien en lo contrario, aunque se haya universalizado como valor aquello de primar solo lo que nos une y ahorrarnos analizar las diferencias. Método poco científico pero muy cómodo y pacífico o pacifista que excluye automáticamente y de forma beligerante a todos y todas las que no cumplen con este método. Luego, cuando los bienavenidos pasan de las palabras a la praxis, el chasco es monumental y acaba en división y más división. ¿Dónde ha quedado el valor universal de la diversidad? Aprender a convivir y luchar, ni siquiera «a pesar de» sino «con» nuestras diferencias, es imprescindible para superar el divisionismo con el que nos vencen. Construyamos el tejado del consenso sobre las diferentes columnas de nuestra diversidad y no sobre un espacio sin contrastar con la realidad, un espacio virtual, un deseo. Es necesario analizar las diferencias si queremos que el tejado no acabe aplastándonos como losa en nuestra fosa llena de los gusanos de la «cristianidad». El deseo no es suficiente para sostener el consenso.
En lo judío hay, efectivamente, algo diferente, pútrido e incuso dañino y puede que sea irreversible. También lo hay en el cristianismo, en el capitalismo y en cualquier religión-ideología que haya creado daño, haya podrido y haya destruido irreversiblemente o lo esté haciendo todavía en estos momentos. No podemos negarnos a analizar el burocratismo en el socialismo real si queremos construir otro mundo posible y necesario. Nos parecería un error considerar que sólo en el judaísmo no hay gérmenes que merezcan ser reexaminados y sometidos a debate para encontrar una salida a la extremadamente difícil y complicada resolución del problema sionista-judío-israelí con la tierra y los habitantes de Palestina. Bienvenido sea, pues, este intento de comprender para poder romper los círculos viciosos en los que está metida la «judeidad» y que impiden la paz, aumentan día tras día el sufrimiento y la miseria en Palestina, y ponen en peligro al mundo entero. No son suficientes los discursos teóricamente e «ideológicamente correctos» si luego solo se mira desde lejos cómo da vueltas el carrusel de la muerte para los palestinos y palestinas. Y no nos parece una buena solución mirar y criticar el dedo que señala este carrusel.
Desde luego debemos analizar y criticar los argumentos de los escritos de Gilad Atzmon. Encontraremos debilidades, equivocaciones y errores tanto cuando deduce desde algunos valores universales, a los que se agarra como clavo ardiente para huir de la cárcel que le supone la judeidad, como cuando induce desde el análisis de múltiples rasgos y aspectos, vivencias y conocimientos de la judeidad y los universaliza. Sin embargo, para aprender y consensuar es más importante sacarnos los propios gusanos de nuestra manzana podrida de la «cristianidad» capitalista y de sus valores universales, en los que tenemos tanta fe, e inducir, desde esta crítica, nuevos valores universales. Pero antes de imponer nuestra nueva inducida «universalidad» a otros es de recibo trabajar conjuntamente y consensuar constructivamente: «crítica por crítica y argumento por argumento» dejando ojos y dientes tranquilos. En la batalla de las ideas no son siempre solo los demás los que confunden al compañero con el enemigo y la realidad con su propio deseo.
En todo caso, como hemos señalado al principio, creemos que es a los propios lectores a quienes les corresponde decidir acerca de la presencia o no del supuesto antisemitismo, de la chutzpah , la toxicidad y ceguera en los escritos de Gilad Atzmon. El escritor y músico como persona no es ni ciego, ni tóxico, demuestra una admirable ausencia de chutzpah y, desde luego, es todo lo contrario a un antisemita. Lo que sí es muy cierto es el título del artículo de Sergio Pérez – que, lo reconocemos, hemos sacado de contexto – ya que todas estas características son una constante «en el discurso de la solidaridad con Palestina».
Por todos estos motivos, no tenemos intención de dejar de traducir sus escritos. Es más, recomendamos muy vivamente la lectura de sus artículos y de su último libro que publicará en breve Ediciones del Oriente y del Mediterráneo.

GILAD ATZMON, MÚSICO


Saxofonista de jazz mundialmente conocido, ha grabado hasta el momento trece discos, de los cuales Exile fue elegido por la BBC disco de jazz del año 2003.
En sus producciones ha integrado  los sonidos, los instrumentos  y las músicas de Oriente Medio, el Norte de África y Europa oriental. Además del saxo en todas sus variantes (alto, soprano, tenor y barítono), en sus actuaciones también toca el clarinete, el zurna y la flauta.
Algunos críticos han definido su estilo de jazz  como bebop/hard bop con incursiones en el free jazz y el swing. Todo ello, inspirándose en el folclore árabe, balcánico, gitano, ladino…, pero también en el tango y el klezmer, la música de los judíos askenazíes del este de Europa.
En 1998, al poco de establecerse en el Reino Unido se unió a la veterana banda de punk rock Ian Dury and the Blockheads y siguió tocando con The Blockheads tras la muerte de Ian Dury. Ha tocado con figuras como Shane McGowan, Robbie Williams, Sinéad O’Connor, Robert Wyatt y Paul McCartney y grabado dos discos (Comercopia,2007 y Fort he Ghosts Within, 2010) con Robert Wyatt , quien ha dicho de él: “es uno de los pocos genios musicales que he encontrado en toda mi vida”. Pero sus intereses musicales no se limitan solo al mundo anglosajón y ha tocado con músicos de todo el mundo: la cantante palestina Reem Kelani, el cantante tunecino y solista de laúd Dhafer Youssef, el violinista Marcel Mamaliga, el acordeonista Romano Viazzani, el bajista Yaron Stavi, el violinista Dumitru Ovidiu Fratila, el cantante argentino Guillermo Rozenthuler

Gilad Atzmon fundó en Londres el año 2000 la banda Orient House Ensemble, con Asaf Sirkis, Frank Harrison y Oli Hayhurst, sustituido en 2003 por Yaron Stavi. En 2009 Eddie Hick sustituyó a Sirkis. La banda ha grabado ocho discos y en 2010 celebró su décimo aniversario con una larga gira y el anuncio de un nuevo disco. Recientemente ha sido el responsable de la producción y los arreglos musicales de los dos últimos discos de Sarah Gillespie, Stalking Juliet (2009) y In the Current Climate (2011), que obtuvieron un amplio reconocimiento de la crítica. Gilad suele acompañar a la banda de Sarah Gillespie tocando alguno de sus instrumentos predilectos: el saxo, el clarinete y el acordeón.
 
Discografía
 The Tide Has Changed - Sello discográfico: World Village — Septiembre 2010
 "In loving memory of America" – Sello discográfico: Enja – Enero 2009
 Refuge – Sello discográfico: Enja – Octubre 2007
 Artie Fishel and the Promised Band – Sello discográfico: WMD – Septiembre 2006
 MusiK – Sello discográfico: Enja – Octubre 2004
 Exile – Sello discográfico: Enja – Marzo 2004
 Nostalgico – Sello discográfico: Enja – Enero 2001
 Gilad Atzmon &The Orient House Ensemble – Sello discográfico: Enja – 2000
 Juizz Muzic- Sello discográfico: FruitBeard – 1999
 Take it or Leave It – Sello discográfico: Face Jazz – 1997
 Spiel- Both Sides – Sello discográfico: MCI – 1995
 Spiel Acid Jazz Band- Sello discográfico: MCI – 1995
 Spiel- Sello discográfico: In Acoustic&H.M. Acoustica – 1993

Prólogo de Gilad Atzmon a La identidad errante


El interesante Prólogo de Gilad Atzmon a La identidad errante, en el que explica sus razones para romper con el sionismo imperante en Israel y del que publicamos un amplio extracto, se abre con la siguiente cita de Israel Shahak, escritor antisionista israelí:

Los nazis me hicieron tener miedo de ser judío, y los israelíes me hacen tener vergüenza de ser judío.

Mi abuelo fue un carismático, poético y veterano terrorista sionista. Un destacado ex comandante de la organización terrorista de derecha Irgún que, debo admitir, tuvo una enorme influencia sobre mí durante los primeros años de mi vida. Hacía gala de un odio implacable hacia cualquier cosa que no fuera judía. Odiaba a los alemanes y, en consecuencia, no permitió que mi padre se comprase un coche alemán. También despreciaba profundamente a los británicos por haber colonizado su «tierra prometida». Sin embargo, he de suponer que no los detestaba tanto como a los alemanes, ya que permitió que mi padre condujese un viejo Vauxhall Viva. Lo irritaban también los palestinos, por vivir en la tierra que, según él, les pertenecía a él y a su pueblo. Solía comentar: «Con tantos países como tienen estos árabes, ¿por qué tienen que vivir precisamente en el lugar que nos fue “otorgado” por nuestro Dios?». Sin embargo, por encima de todo, a quien mi abuelo odiaba más era a los judíos de izquierda. Aquí es importante mencionar que como los judíos de izquierda nunca han producido ningún modelo reconocido de automóvil, este odio específico no generó ningún conflicto de intereses entre él y mi padre. Como seguidor de Zeev Jabotinsky, líder del sionismo revisionista de derechas, mi abuelo había llegado, obviamente, a la conclusión de que la filosofía de izquierda, unida a cualquier forma de sistema de valores judío, era un contrasentido. Veterano terrorista y orgulloso halcón judío, sabía muy bien que el tribalismo nunca puede vivir en paz con el humanismo y el universalismo. Siguiendo a su mentor Jabotinsky, creía en la filosofía del «Muro de Hierro». Como él, mi abuelo respetaba al pueblo árabe y tenía una alta opinión de su cultura y su religión, pero creía que había que enfrentarse a ellos, a los árabes en general y a los palestinos en particular, abierta y fieramente. Citando el himno del movimiento político de Jabotinsky, solía repetir: Desde el abismo de la decadencia y del polvo con sangre y sudor surgirá ante nosotros una raza orgullosa, generosa y fiera. Mi abuelo creía en el renacimiento del orgullo de la «raza judía», así que yo también lo creí durante los primeros años de mi vida. Al igual que mis compañeros, no veía a los palestinos que me rodeaban. Indudablemente estaban ahí (arreglaban el coche de mi padre a mitad de precio, construían nuestras casas, limpiaban lo que ensuciábamos y acarreaban cajas en la tienda de alimentación local), pero siempre desaparecían justo antes de la puesta del sol y volvían a aparecer antes del amanecer. Nunca tratábamos con ellos. En realidad, no sabíamos quiénes eran ni lo que representaban. La supremacía había calado hondo en nuestras almas, mirábamos el mundo a través de lentes racistas y chovinistas. Y no sentíamos ninguna vergüenza por ello. A los diecisiete años me disponía a cumplir el servicio militar obligatorio. Como era un muchacho de buena constitución lleno de entusiasmo militante, debía incorporarme a una unidad especial de rescate de la fuerza aérea. Pero entonces ocurrió algo inesperado. En un programa de jazz a altas horas de la noche escuché a Bird (Charlie Parker), con los Strings. Me dejó alucinado. La música era lo más orgánico, poético, sentimental y salvaje que había oído hasta entonces. Mi padre solía escuchar a Bennie Goodman y Artie Shaw, los dos eran entretenidos (no hay duda de que sabían tocar el clarinete), pero Bird era algo completamente diferente. Había en él un intenso y libidinoso alarde de ingenio y energía. A la mañana siguiente falté a clase y fui corriendo a Piccadilly Records, la principal tienda de discos de Jerusalén. Encontré la sección de jazz y compré todas las grabaciones de bebop que tenían, lo que probablemente equivalía a dos discos. En el autobús de vuelta a casa me di cuenta de que en realidad Parker era negro. No me pilló completamente por sorpresa, pero fue una especie de revelación. En mi mundo, solo los judíos se asociaban con todo lo bueno. Bird fue el principio de un viaje. En aquella época, mis compañeros y yo estábamos convencidos de que los judíos eran verdaderamente el pueblo elegido. Mi generación creció con la mágica victoria de la Guerra de los Seis Días. Estábamos complemente seguros de nosotros mismos. Como éramos laicos, atribuíamos todos esos éxitos a nuestras cualidades omnipotentes. No creíamos en la intervención divina, creíamos en nosotros mismos. Creíamos que nuestro poder tenía su origen en nuestros cuerpos y almas hebreos resucitados. Los palestinos, por su parte, nos servían obedientemente, y en aquel momento no parecía que la situación fuera a cambiar nunca. No daban verdaderas muestras de resistencia colectiva. Los denominados «ataques terroristas» esporádicos hacían que nos sintiésemos justificados y nos llenaban de deseos de venganza. Pero en medio de esta orgía de omnipotencia y para mi gran sorpresa, de algún modo me di cuenta de que las personas que más me entusiasmaban, en realidad, eran un grupo de negros americanos, personas que no tenían nada que ver con el milagro sionista o con mi propia tribu chovinista y exclusivista. Dos días después compré mi primer saxofón. Es un instrumento muy fácil para empezar (pregunten a Bill Clinton), pero aprender a tocar como Bird o Cannonball Adderley parecía una misión imposible. Empecé a practicar día y noche, y cuanto más practicaba más me abrumaba el enorme logro de esta gran familia de músicos negros americanos a los que empezaba a conocer de cerca. En un mes ya conocía a Sonny Rollins, Joe Henderson, Hank Mobley, Thelonious Monk, Oscar Peterson y Duke Ellington, y cuanto más escuchaba más me daba cuenta de que, de algún modo, mi educación judeocéntrica era totalmente errónea. Al cabo de un mes de tener un saxofón metido en la boca, mi entusiasmo de combatiente militar había desaparecido por completo. En vez de pilotar helicópteros detrás de las líneas enemigas, empecé a soñar con vivir en Nueva York, Londres o París. Todo lo que quería era una oportunidad de escuchar en directo a los grandes del jazz y, a finales de la década de los setenta, muchos de ellos todavía andaban por allí. Hoy en día los jóvenes que quieren tocar jazz pueden optar por matricularse en una escuela de música. Cuando yo estaba empezando era muy diferente. Quienes querían tocar música clásica podían acudir al conservatorio, pero quienes querían tocar solo por amor a la música tenían que quedarse en casa repitiendo una y otra vez lo mismo. En aquella época no había cultura de jazz en Israel, y la ciudad en la que nací, Jerusalén, solo tenía un club diminuto, alojado en un viejo y pintoresco baño turco. Todos los viernes por la tarde celebraban una jam session y, durante mis dos primeros años en el jazz, esas sesiones fueron la esencia de mi vida. Dejé todo lo demás. Lo único que hacía era practicar día y noche, incluso dormido, y prepararme para la siguiente «Friday Jam». Escuchaba música y transcribía algunos grandes solos. Practicaba en sueños, imaginando los cambios de acordes y volando por encima de ellos. Decidí dedicar mi vida al jazz, aceptando el hecho de que como blanco israelí mis posibilidades de alcanzar la cumbre eran más bien escasas. Todavía no me daba cuenta de que mi incipiente devoción por el jazz había ahogado mis tendencias nacionalistas judías; fue probablemente allí y entonces cuando dejé atrás la Elegibilidad para convertirme en un ser humano corriente. Y solo años más tarde llegué realmente a comprender que el jazz había sido mi vía de escape. En pocos meses, sin embargo, me fui sintiendo más y más ajeno a la realidad que me rodeaba. Me veía como parte de una familia mejor y más grande, una familia de amantes de la música, personas admirables que se interesaban por la belleza y el espíritu y no por la tierra, el dinero y la ocupación. Con todo, aún tenía que presentarme al servicio militar. Las generaciones posteriores de jóvenes músicos de jazz israelíes simplemente escaparon del ejército huyendo a Nueva York, la Meca del jazz, pero para mí, un chico joven de Jerusalén con orígenes sionistas, aquello no era una opción. Nunca se me ocurrió esa posibilidad. En julio de 1981 me uní a las IDF, pero desde mi primer día en el ejército hice todo lo posible para evitar la llamada del deber, no porque fuera pacifista ni porque me preocuparan mucho los palestinos, sino, sencillamente, porque prefería quedarme a solas con mi saxofón. En junio de 1982, cuando estalló la primera guerra entre Israel y el Líbano, llevaba un año de soldado. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de la verdad. Sabía que nuestros dirigentes mentían; de hecho, todos los soldados israelíes sabían que aquella era una guerra de agresión por parte de Israel. Yo, personalmente, ya no me sentía en absoluto vinculado a la causa sionista, a Israel o al pueblo judío. Ya no me atraía sacrificarme en el altar judío. Pero lo que me impulsaba no era todavía la política o la ética, sino mis deseos de estar a solas con mi nuevo saxofón Selmer Paris Mark IV. Hacer escalas a la velocidad de la luz me parecía mucho más importante que matar árabes en nombre del sufrimiento judío. Así, en vez de convertirme en un asesino cualificado, empleé todas mis energías en entrar en una de las bandas militares. Me llevó varios meses, pero finalmente aterricé sano y salvo en la Orquesta de la Fuerza Aérea Israelí (IAFO, por sus siglas en inglés). La IAFO se constituía de una forma muy particular. Uno podía ser aceptado por ser un excelente músico o un prometedor talento, o por ser hijo de un piloto fallecido. El hecho de que me aceptaran sabiendo que mi padre todavía estaba entre los vivos reforzó mi confianza: por primera vez consideré la posibilidad de que podía tener talento musical. Para mi gran sorpresa, ninguno de los miembros de la orquesta se tomaba el ejército en serio. Lo único que a todos nos preocupaba era nuestra formación musical personal. Odiábamos el ejército, y en poco tiempo empecé también a odiar al propio Estado que necesitaba una fuerza aérea que necesitaba una banda que me impedía practicar las veinticuatro horas del día, todos los días de la semana. Cuando nos llamaban para tocar en un acontecimiento militar, tratábamos de hacerlo lo peor posible, solo para asegurarnos de que no nos iban a volver a invitar. A veces incluso nos juntábamos por la tarde únicamente para practicar el tocar mal. Nos dimos cuenta de que cuanto peor tocáramos como colectivo, más libertad personal tendríamos. En la orquesta militar aprendí por primera vez cómo ser subversivo, cómo sabotear el sistema para luchar por alcanzar un ideal personal. En el verano de 1984, justo tres semanas antes de librarme del uniforme militar, nos enviaron al Líbano para una gira de conciertos. En aquel momento era un lugar muy peligroso. El ejército israelí estaba completamente enterrado en búnkers y trincheras, para evitar cualquier enfrentamiento con la población local. El segundo día salimos hacia Ansar, un conocido campo de internamiento en el sur de Líbano. Esa experiencia iba a cambiar completamente mi vida. Al final de un sucio y polvoriento camino en un día de calor espantoso, a primeros de julio, llegamos al infierno en la tierra. El inmenso centro de detención estaba rodeado por una alambrada. Mientras nos dirigíamos en coche hacia la comandancia del campo vimos a miles de presos al aire libre abrasados por el sol. Por difícil que resulte de creer, las bandas militares siempre reciben tratamiento de vips en sus desplazamientos, de modo que, en cuanto llegamos a las barracas de los oficiales, nos llevaron a hacer una visita guiada del campo. Caminamos a lo largo de la interminable alambrada y de las torres de vigilancia. No podía creer lo que veían mis ojos. «¿Quién es esta gente?», pregunté al oficial. «Palestinos», dijo. «A la izquierda están los de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), y a la derecha los chicos de Ahmed Jibril (Frente Popular para la Liberación de Palestina – Comando General), esos son mucho más peligrosos, así que los mantenemos aislados». Observé a los presos. Parecían muy diferentes a los palestinos de Jerusalén. Los que vi en Ansar estaban enojados. No estaban derrotados, eran luchadores por la libertad y eran muchos. Mientras continuábamos avanzando por la alambrada seguí mirando a los presos y llegué a una verdad insoportable: yo estaba caminando por el otro lado, vestido con un uniforme israelí. El lugar era un campo de concentración. Los presos eran los «judíos», y yo no era más que un «nazi». Me costaría años admitir que incluso la oposición binaria judío/nazi era en sí misma consecuencia de mi adoctrinamiento judeocéntrico. Mientras cavilaba sobre la resonancia de mi uniforme, tratando de lidiar con la enorme sensación de vergüenza que iba creciendo en mí, llegamos a una enorme explanada en el centro del campo. El oficial que hacía de guía para nosotros nos regaló unos cuantos tópicos más acerca de la guerra que se estaba librando para defender nuestro paraíso judío. Mientras nos aburría mortalmente con sus irrelevantes mentiras hasbara (propaganda) me di cuenta de que estábamos rodeados de dos docenas de bloques de cemento de aproximadamente un metro cuadrado de superficie por 1,3 metros de altura cada uno, con una pequeña puerta de metal como entrada. Me horrorizó la idea de que mi ejército pudiera encerrar por la noche a los perros guardianes en esas cajas. Poniendo en práctica mi desfachatez israelí, me encaré con el oficial acerca de aquellos horribles cubos de cemento para perros. Rápidamente me respondió: «Son nuestros bloques de aislamiento; ¡al cabo de dos días en uno de esos, te vuelves un sionista devoto!». Aquello fue suficiente para mí. Me di cuenta de que se había terminado mi romance con el Estado israelí y con el sionismo. Aunque en realidad todavía sabía muy poco de Palestina, de la Nakba o incluso del judaísmo y de la judeidad. Lo único que vi entonces fue que, por lo que a mí respectaba, Israel era un mal asunto, y no quería tener nada más que ver con él. Dos semanas después devolví mi uniforme, agarré mi saxo alto, tomé el autobús al aeropuerto Ben-Gurion y me fui a Europa por unos meses a tocar en las calles. A los veintiún años era libre por primera vez. A pesar de todo, diciembre me resultó demasiado frío y volví a casa, aunque con la clara intención de volver a Europa. En cierto modo ya anhelaba convertirme en un goy o, al menos, estar rodeado de goyim*.
[ * Goy, plural goyim, es un término hebreo que significa literalmente «nación» En referencia a los miembros de otras naciones, se utiliza como sinónimo de «no judío» (N.T.)]