sábado, 19 de marzo de 2016

TOT ES UNA MENTIDA SOBRE "LA IDENTIDAD ERRANTE", DE GILAD ATZMON

Finalment recomanem La identidad errante (Ediciones del oriente y del mediterráneo, 1012). El seu autor és Gilad Atzmon, activista polític, saxofonista, compositor de jazz i també escriptor. Atzmon trenca tabús, s’atreveix a explicar i a denunciar intel·lectualment el discurs cultural i polític  del sionisme. És un llibre absolutament brutal, d’un home que ja no se sent jueu i que va marxar a Londres a la dècada dels 90, cansat de la radicalitat sionista. Aquest paio diu coses interessants, diguem que s’atreveix a dir coses noves i diferents sobre el conflicte. És un personatge que interpel·la pot ser de manera una mica agressiva, sense aturador. En tot cas no deixa indiferent a ningú, ja que rep crítiques tan dels defensors de Palestina com d’Israel. Hi ha qui pels seus articles el considera una mica perillós. Us deixo l’enllaç de molts articles seus aquí per si us interessa i així tenir informació per opinar.  També un article aquí on podeu llegir un atac públic contra ell (en forma de carta) i la rèplica on ell es defensa.

Puede consultarse el interesante Informe Urgente sobre Palestina en: totesunamentida

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Domenico Losurdo: Gramsci del liberalismo al comunismo crítico




El estudio del profesor Domenico Losurdo recoge la evolución política e ideológica de Antonio Gramsci, desde su inicial liberalismo e idealismo, influido por Benedetto Croce y Giovanni Gentile, hasta su integración en el partido socialista y, tras la revolución de Octubre, en el recién creado partido comunista italiano. Como pone de relieve el autor, los orígenes modestos de Gramsci «la experiencia dolorosa de las privaciones diarias, y una sensibilidad y una seriedad moral que propician la identificación con los que están obligados a sufrir una vida de penurias», propiciaron su toma de conciencia política y su implicación en las luchas sociales de su tiempo, que, bajo el régimen de Mussolini, lo condujeron a la cárcel, donde, pese a su desfalleciente salud, que acarreó su muerte a los 46 años en 1937, desplegó un ingente trabajo intelectual recogido, póstumamente, en sus Cuadernos de la cárcel. 

Ficha técnica:
Autor: Domenico Losurdo
Título: Antonio Gramsci del liberalismo al comunismo crítico
Traducido del italiano por Juan Vivanco ISBN 978-84-943932-2-8 - 320 páginas - PVP 16 euros

 Reproducimos a continuación un extracto del capítulo II:

Cap. II. «Carnicería europea», revolución, fascismo: la adhesión de Gramsci al «comunismo crítico»
1. Reformas, revolución y guerra
La primera guerra mundial es un hito en la evolución de toda una generación. La guerra —escribirá más tarde Gramsci en L’Ordine Nuovo— «ha impuesto a todos los hombres dignos de este nombre una revisión completa de todas las instituciones, de todos los programas, de todas las formas de la actividad política y económica moderna» (ON, 283-284). Especialmente significativo es el debate que se entabla en el partido socialista (y en los ambientes culturales y políticos más o menos próximos a él) y engarza con el que ya se viene desarrollando desde hace tiempo a escala internacional sobre el tema «reformas o revolución». La profesión de fe reformista no inmuniza contra la tentación belicista o interventista. Hay un momento en que Turati parece darse cuenta del carácter íntimamente contradictorio de esta actitud. Replicando a los apremios de sus compañeros de partido que exigen una intervención inmediata de Italia en el conflicto europeo, en una carta a Kulischioff del 12 de marzo de 1915 el dirigente socialista observa: «¿Por qué deberíamos aplicar a la política exterior criterios tan distintos de los que hemos adoptado para la política interna, a propósito de la revolución y las revueltas?».31
En cambio, no parece que Salvemini se plantee este problema. Todavía en junio de 1914 condena las violencias que se han producido durante la huelga general y pide «varios meses o incluso varios añitos de cárcel» para sus responsables.32 Pero semanas después, ni corto ni perezoso, llama a imponer con la fuerza de las armas «el fin del imperialismo germánico, o sea, la liquidación de los Hohenzollern y los Habsburgo y de sus clientelas feudales, y la democratización de Austria y Alemania».33
La posición interventista va acompañada de una teorización explícita del «derecho a la violencia».34 Un derecho que, más allá del plano de las relaciones internacionales, acaba asumiendo también una dimensión de política interior, esgrimido contra los pacifistas. Salvemini, decidido a acabar con la neutralidad a cualquier precio, invita a «intensificar las manifestaciones contra Giolitti hasta llegar a la revuelta, y amenazar al rey» (él mismo se declara dispuesto «para un mitin, para una manifestación, para lo que sea»).35
Después de las primeras incertidumbres y vacilaciones, Gramsci, por el contrario, se pronuncia contra la «carnicería europea» (NM, 489), contra «el sangriento drama de la guerra» (CF, 409), y llama a los socialistas a atenerse a los «principios generales de convivencia internacional pacífica» sin dejarse contagiar por el clima belicista y chovinista (NM, 39-40). Salvemini replica a este llamamiento afirmando que en ningún modo se debe «confundir socialismo con pacifismo» y que es preciso condenar sin paliativos a los socialistas que «minan la resistencia moral del país» y cometen un «auténtico sabotaje de la guerra, promoviendo, por ejemplo, los disturbios de Turín de agosto de 1917, y contribuyendo por todos los medios […] al desastre de Caporetto».36 La «táctica exclusivamente crítica y negativa» del movimiento obrero y socialista37 es una traición a la patria y a la causa de la democracia internacional. Dirigiéndose a los socialistas, Salvemini exclama: «Con vuestra abstención, más o menos valientemente saboteadora, de la guerra italiana, le habéis hecho un indudable favor a la guerra de Alemania».38
Para cortar por lo sano este sabotaje objetivo, Bissolati se declara dispuesto a tomar medidas terroristas. En el parlamento, desde los escaños del gobierno en el que ha entrado gracias a su ferviente interventismo, no duda en amenazar a los diputados que considera derrotistas o tibios: «¡Para defender al país yo estaría dispuesto a abrir fuego contra todos vosotros!» (CF, 409, nota del editor). A ojos de Gramsci, el socialista reformista y patriota a machamartillo es el representante de «una italianidad minúscula, piojosa» que se basa en una «autoridad demagógica […] bestial y deprimente». Bissolati es uno de esos hombres que, con tal de alcanzar un fin «inmediato, particularísimo» están dispuestos a sacrificarlo «todo, la verdad, la justicia, las leyes más profundas e intangibles de la humanidad. Para destruir a un adversario sacrificarían todas las garantías de defensa de todos los ciudadanos, sus propias garantías de defensa» (CF, 408-409). Hay algo que salta de inmediato a la vista. El reformismo se suele contraponer al comunismo como si el primero fuera la preferencia por las reformas pacíficas y el segundo el culto a la violencia. Pero la adhesión de Gramsci a la Revolución de Octubre y al movimiento político generado por ella también obedece a la indignación que le provoca el reformista Bissolati quien, después de haber arrastrado a Italia a la primera guerra de Libia y luego a la guerra mundial, está dispuesto a imponer un terror sanguinario en el interior del país.

Domenico Losurdo: El pecado original del siglo XX


Cuando el revisionismo histórico y el libro negro del comunismo hacen que la historia del genocidio y el horror arranque del comunismo, cometen una omisión colosal. El compromiso moral, solemnemente proclamado, de dar voz a las víctimas injustamente olvidadas, se ha convertido en su contrario, en el silencio mortal que entierra por segunda vez a los indios, los herero, las poblaciones coloniales, los “bárbaros”. Un silencio que también está preñado de consecuencias en el plano puramente historiográfico, dado que impide la comprensión del nazismo y el fascismo.

 

Ficha técnica:
Autor: Domenico Losurdo
Título: El pecado original del siglo XX
Traducido del italiano por Juan Vivanco
ISBN 978-84-943932-0-4 - 112 páginas - PVP 10 euros 

 Publicamos a continuación el capítulo 1 de El pecado original del siglo XX

I. Un silenciamiento colosal


1. Las cifras del horror: de una contabilidad a otra
 

De entrada, lo que impresiona en El libro negro del comunismo y en el sinfín de publicaciones que se mueven en la misma dirección son las cifras. Detalladas, sumadas, reiteradas en un crescendo obsesivo, como si quisieran mortificar al lector, inducirlo a considerar superfluo cualquier razonamiento adicional, obligándolo a admitir una verdad que tiene la misma e inmediata evidencia que un horrible montón de cadáveres. Pero en el lector menos ingenuo, gracias a su memoria histórica o a su contacto con la cultura histórica, el efecto es distinto e inesperado: ¡cómo ha cambiado el clima en comparación con el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial! Eran los años en que la contabilidad de los horrores se centraba en los artífices de la «solución final», pero también en el colonialismo. Hannah Arendt lo sentaba en el banquillo por haber practicado tranquilamente «el exterminio de los indígenas», reduciendo, por ejemplo, la población del Congo «de los 20-40 millones de 1890 a los 8 millones de 1911». Otro que denunciaba la práctica del «exterminio» (además de la «explotación económica» y el «sojuzgamiento») durante «cuatro siglos» de «expansión colonial», era Bobbio.
El fallo condenatorio no se pronunciaba con la mirada vuelta exclusivamente hacia el pasado. A medida que se desarrollaba el movimiento de emancipación de los pueblos coloniales, la contabilidad se iba acercando al presente: después de recordar a «los 45000 muertos de Sétif» (1945), «los 90000 muertos de Madagascar» (1947) y «las 200000 víctimas de la represión en Kenia» (1952), Fanon daba la palabra al movimiento anticolonialista argelino que, en 1957, acusaba a las autoridades francesas de aplicar una política «próxima al genocidio», es más, de querer llevar a cabo «la campaña de exterminio más espantosa de los tiempos modernos».
Todavía estaba fresco el recuerdo de los crímenes del nazifascismo, ¿y qué había sido este, «sino el colonialismo entre países tradicionalmente colonialistas»? Quienes se expresaban así eran militantes del movimiento de independencia argelino citados por Fanon, quien a su vez reiteraba: «hace unos años el nazismo transformó toda Europa en una verdadera colonia». No era distinta la opinión de Arendt, quien, todavía en el transcurso de la guerra, definió el nazismo como «el imperialismo más horrible que haya conocido el mundo»; el Tercer Reich, esa suerte de fase superior del imperialismo, había heredado de la tradición la creencia en la «“ley natural” del derecho del más fuerte» y la tendencia a «exterminar a las “razas inferiores que no son dignas de sobrevivir”». En esta misma dirección apuntaba, en última instancia, el gran historiador Arnold Toynbee cuando llamaba la atención sobre el hecho de que el fascismo y el nazismo surgían en países «miembros de nacimiento» de la «familia» de Occidente: si se quería comprender la infamia culminada en Auschwitz había que indagar en las páginas negras de su historia.
Ahora, por el contrario, todo ha cambiado: el horror del régimen hitleriano es una mera réplica polémica del horror del comunismo, el verdadero pecado original del siglo xx. Este nuevo balance pretende estar dictado no solo por el rigor histórico, sino también por la exigencia moral de rescatar del olvido a las innumerables víctimas, durante tanto tiempo olvidadas, de la sangrienta historia iniciada con la revolución bolchevique. Solo que esta afinidad entre nazismo y comunismo deja fuera el colonialismo que antes, en autores tan dispares, era el principal punto de referencia para la comprensión del Tercer Reich. Pese a las apariencias, el que una contabilidad de los horrores reemplace a otra, tranquilamente y sin más explicaciones, quizá no sea algo tan evidente; quizá no sean superfluos ni el razonamiento ni las preguntas.
¿Es posible encontrar en los anales de la historia una teorización explícita del genocidio? En 1883, el mismo año de la muerte de Marx y en polémica con él, Gumplowicz contrapone a la tesis ideológica de la «lucha de clases» la realidad de la «lucha de razas»: en ciertas condiciones es «naturalmente necesario» que los miembros de un grupo étnico distinto no se configuren «como hombres, sino como “seres” (Geschöpfe), que solo sirven para ser exterminados a la primera ocasión». Es lo que sucede, por ejemplo, en el África austral, donde los «bóeres cristianos» también consideran que «los hombres de la selva y los hotentotes […] son “seres” (Geschöpfe) y se les puede exterminar igual que la caza del bosque». Además —observa al otro lado del Atlántico Theodore Roosevelt—, cuando se emprende «la difícil labor de civilizar territorios bárbaros» y a «razas inferiores», no hay que dejarse «vencer por falsos sentimentalismos». El estadista norteamericano es totalmente inmune a tal sentimiento; al revés, parece casi divertido viendo cómo se borra a los pieles rojas de la faz de la tierra: «No llego al extremo de creer que los únicos indios buenos sean los indios muertos, pero sí creo que en nueve de cada diez casos es así; y en cuanto al décimo, más vale no hacer muchas averiguaciones».
El genocidio no se queda en la teoría. Entre 1904 y 1907 los herero se sublevan en África contra la Alemania imperial. La represión es despiadada: «Cada herero sorprendido dentro de las fronteras germánicas [de las colonias dominadas por el Segundo Reich], con o sin fusil, con o sin ganado, será fusilado. Ya no acogeré a más mujeres ni niños, los devolveré a su pueblo y ordenaré abrir fuego contra ellos. Esta es mi decisión para el pueblo herero». Es significativo el motivo que aduce el general von Trotha para tomar esta decisión soberana. Explica que «la nación como tal debe ser aniquilada» porque ya no se la puede usar ni siquiera como «material bruto».
Sería estúpido y engañoso poner todo esto en el haber de una imaginaria Alemania eterna. Varios años antes Hobson (el liberal inglés de izquierda a quien Lenin leyó con atención) explica la lógica a la que obedece el general alemán, al observar que la expansión colonial va acompañada del «exterminio de las razas inferiores» a las que «los colonizadores blancos superiores no pueden explotar provechosamente». Solo cabe añadir que entre estos últimos se entabla también una lucha mortal. Los bóeres, cuando reclaman su derecho a utilizar como «instrumentos de trabajo» a los indígenas del África austral y a robar su tierra y sus recursos, chocan con la Inglaterra imperial, que a su vez los somete y los recluye en bloque, sin distinción de edad ni sexo, en los que empiezan a conocerse como «campos de concentración». Este trato provoca la indignación de un amplio sector de la opinión pública europea, que denuncia el horror de los campos y el «holocausto de niños» perpetrado en ellos.
Las matanzas contra las poblaciones coloniales, por el contrario, no suscitan ninguna emoción. Es de finales del siglo xix esta seria advertencia de Theodore Roosevelt (que los herero, para su desgracia, no pudieron leer): si a «una de las razas inferiores» se le ocurre agredir a la «raza superior», esta reaccionará con «una guerra de exterminio (extermination)»; los soldados blancos, lo mismo que los cruzados, tendrán entonces que «matar a hombres, mujeres y niños».
Todas las grandes potencias coloniales de la época recurren a prácticas más o menos similares. En las Filipinas, anexionadas por Estados Unidos, se combate a la guerrilla no solo con la destrucción sistemática de sus cosechas y su ganado, sino también recluyendo en masa a la población en campos de concentración, donde es diezmada por el hambre y las enfermedades. Un general imparte la orden explícita de convertir un poblado en un «páramo desolado» y matar a todos los varones de más de diez años. No es una simple explosión de furor, se trata —declara el secretario estadounidense de la Guerra— de «usar los métodos que hemos experimentado con provecho en el Oeste durante nuestras campañas contra los indios».
2. El laboratorio del Tercer Reich
También Hitler, en sus conversaciones privadas, se refiere a la «guerra contra los indios», a la lucha «emprendida contra los indios de América del Norte», para legitimar y explicar su propia guerra de exterminio contra los «indígenas» de Europa oriental. También en este caso será la raza blanca, «será la raza más fuerte la que vencerá», y vencerá con métodos propios de la guerra colonial: «en la historia de la expansión del poderío de grandes pueblos, los métodos más radicales siempre se han aplicado con éxito». Se puede decir que el Tercer Reich buscó su Far West en el Este y que los Untermenschen de Europa oriental y la Unión Soviética eran sus indios, a los que se podía despojar de sus tierras, matar y, en nombre del avance de la civilización, repeler cada vez más lejos, al otro lado de los Urales.
El fascismo italiano no buscó a sus «indígenas» en Europa oriental, sino sobre todo en Etiopía. Cuando hojeamos los discursos con que Mussolini trata de justificar y disfrazar su agresión, nos parece estar releyendo textos de varias décadas antes. En la Conferencia de Berlín de 1884-1885, en vísperas de la anexión del Congo, Leopoldo ii de Bélgica había declarado: «Llevar la civilización al único lugar de la tierra donde todavía no ha llegado, disipar las tinieblas que envuelven todavía a poblaciones enteras: esta es —me atrevo a decirlo— una cruzada digna de este siglo de progreso». Y Mussolini, en diciembre de 1934: «Etiopía es el último rincón de África que no tiene amos europeos»; se trata de acabar, de una vez por todas, con los «horrores de la esclavitud» y con un «falso Estado bárbaro y negrero» dirigido por el «Negus de los negreros». Como en el caso del Congo, también en el de Etiopía la cruzada civilizadora se revela, en realidad, como una guerra de exterminio. Las tropas fascistas recurren masivamente al gas mostaza y otros gases asfixiantes, a las grandes matanzas de población civil, a los campos de concentración, a la eliminación de los intelectuales y de todos los que pueden contribuir a mantener despierto el sentido de la identidad de un pueblo; a la retórica «abolicionista» le corresponde la realidad de la esclavización masiva de los indígenas.
Para el fascismo italiano no solo son una reserva de fuerza de trabajo servil, sino una reserva destinada a reproducirse por transmisión hereditaria. De modo que las relaciones sexuales con los indígenas y los matrimonios mixtos se consideran descabellados y criminales. Es preciso impedir «toda mezcla con los indígenas» y cualquier «promiscuidad social», proclaman los ministros Alfieri y Lessona. «Para que el imperio se conserve», proclama el Duce en persona, «es preciso que los indígenas tengan clarísimo, predominante, el concepto de nuestra superioridad». Hay que imponer un rígido apartheid.
El apartheid nos lleva a Estados Unidos y Sudáfrica en las décadas a caballo entre los siglos xix y xx. La brutalidad teorizada, y practicada, contra las poblaciones coloniales, también deja su marca en la metrópoli capitalista. Los negros del Sur de Estados Unidos, segregados, sometidos a relaciones de trabajo semiserviles, a menudo linchados o apaleados por bandas de matones, se consideran «bestias»; sus actos de rebelión contra la white supremacy despiertan incluso la tentación de la «solución final (ultimate solution) de la cuestión negra», como se lee en el título de un libro publicado en Boston en 1913. Como sigan siendo «inútiles o revoltosos» —clama otro teórico de la «supremacía blanca»—, sobre ellos se abatirá el destino que ya ha borrado a los indios de la faz de la tierra.
Este destino, reservado durante siglos a los indios y los negros, es un modelo declarado para el fascismo y el nazismo. Todavía en 1930 un ideólogo destacado del nazismo como Rosenberg expresa su admiración por los Estados Unidos de la white supremacy, ese «espléndido país del futuro» que ha tenido el mérito de formular la feliz «nueva idea de un Estado racial», idea que ahora se intenta poner en práctica, «con ímpetu juvenil», mediante la expulsión y deportación de «negros y amarillos».
La tradición colonial acaba ejerciendo cierta influencia incluso sobre la suerte de los judíos. Según Hitler, ellos tienen la culpa de la política de mezcla y degeneración de las razas. Por otro lado —abunda Mussolini—, para que el régimen de apartheid sea impecable es preciso que prevalezca la «dignidad» y la pureza de la raza dominante no solo «frente a los camitas, es decir, los africanos», sino también frente a los semitas, es decir, los judíos. Después de la publicación de las leyes antisemitas, la parábola del delirio racista alcanza su apogeo con la república de Salò: la llamada al alistamiento de los jóvenes «para que los negros, al servicio de Inglaterra, no mancillen el suelo sagrado» de la patria, va a la par de la entrega de judíos a los nazis y la colaboración con el Tercer Reich para la «solución final». Los cabecillas nazis, por lo menos en su fase inicial, se proponen crear un Judenreservat, una «reserva para judíos» a semejanza de las que habían recluido a los pieles rojas.
Ya hemos visto cómo Rosenberg se felicita por la «deportación» no solo de los «negros», sino también de los «amarillos». Todavía estaba en pleno vigor en Estados Unidos el Exclusion Act contra los chinos, víctimas de discriminaciones jurídicas y a veces de pogromos. Desde finales del siglo xix el mito de la raza se abate, con distinta intensidad, contra todos los que no sean blancos de pura cepa. Es un fenómeno de carácter general, pero se manifiesta con especial claridad en un país donde la cuestión social y la cuestión racial están entrelazadas debido no solo a la presencia de negros e indios, sino también a las continuas oleadas de inmigrantes llegados de zonas que, sin ser coloniales ni semicoloniales, se consideran marginales o ajenas a la civilización. Estos inmigrantes ocupan los segmentos inferiores del mercado del trabajo y a menudo, expulsados de él, oscilan entre el paro y la delincuencia: son los fracasados, que se reproducen generación tras generación y por lo tanto constituyen una «raza» nociva para la sociedad.
La eugenesia, una nueva «ciencia» procedente de Inglaterra, donde la ha teorizado por primera vez Galton, primo de Darwin, alcanza un éxito extraordinario en Estados Unidos. Entre finales del siglo xix y principios del xx se desarrolla un movimiento que pretende impedir la procreación de personas inclinadas al delito o al parasitismo; entre 1907 y 1915 trece Estados promulgan leyes de esterilización forzosa, a la que deben someterse, según la legislación de Indiana (el primer Estado que se mueve en esta dirección), «delincuentes habituales, idiotas, imbéciles y violadores». No faltan quienes propugnan que esta ley se aplique también a los «vagabundos» (por lo general miembros de una «raza inferior»).
Hagamos un repaso de la situación. La terminología que empieza a aparecer entre finales del siglo xix y principios del xx es ya sintomática. «Razas inferiores», pueblos-bestias y pueblos-instrumentos de trabajo o, como se dirá más tarde, Untermenschen; eugenesia para vagabundos y parásitos (los «elementos asociales» que más tarde exterminará el nazismo), «campos de concentración», «aniquilamiento», «exterminio», «holocausto». No cabe duda: mucho antes de la Revolución de Octubre, el laboratorio del Tercer Reich y de los horrores del siglo xx está ya en plena actividad y enlaza con la tradición colonial, es decir, con la historia del trato que infligieron a los «bárbaros» en las colonias y en la propia metrópoli aquellos que se proclamaron representantes exclusivos de la Civilización.
Por lo tanto, cuando el revisionismo histórico y el Libro negro hacen que la historia del genocidio y el horror arranque del comunismo, cometen una omisión colosal. El compromiso moral, solemnemente proclamado, de dar voz a las víctimas injustamente olvidadas, se ha convertido en su contrario, en el silencio mortal que entierra por segunda vez a los indios, los herero, las poblaciones coloniales, los «bárbaros». Un silencio que también está preñado de consecuencias en el plano propiamente historiográfico, dado que impide la comprensión del nazismo y el fascismo.
¿El bombardeo de las cifras sobre los crímenes del comunismo ayuda, al menos, a captar el significado de la historia que comienza en octubre de 1917?


sábado, 22 de marzo de 2014

BDS por Palestina. El boicot a la ocupación y el apartheid israelíes


en la colección Disenso:
BDS por Palestina. El boicot a la ocupación y el apartheid israelíes
Un libro sobre la campaña de Boicot, Desinversión y Sanciones contra la política de ocupación ilegal de territorios y el apartheid de la población palestina ejercidos por los gobiernos del Estado israelí. Una campaña cívica de alcance mundial que, al igual que la llevada a cabo contra el apartheid sudafricano, se propone acabar con las desastrosas políticas contrarias a los derechos humanos fundamentales de los sucesivos gobiernos israelíes con la complicidad de las grandes potencias.

En edición de Luz Gómez, con la participación, por orden alfabético de Frank Barat, Omar Barghouti, Ramzy Baroud, John Berger, Judith Butler, Angela Davis, Richard Falk, Daniel Gil, Luz Gómez, Héctor Grad, Ran Greenstein, Aitor Hernández, Stéphane Hessel, Shir Hever, Ayesha Kidwai, Naomi Klein, Gideon Levy, Ken Loach, Haneen Maikey, José Luis Moragues, Ilan Pappé, Prabir Purkayastha, Raji Sourani, Magali Thill, Desmond Tutu, Alice Walker, Roger Waters y Slavoj Zizek.


Presentación de Luz Gómez

El llamamiento de la sociedad palestina al Boicot, Desinversión y Sanciones contra Israel (2005) se halla en un punto de inflexión. A la vez que la ocupación y el apartheid se han ido agudizando en estos años, se ha consolidado la campaña internacional para presionar a Israel a través del boicot económico, académico y cultural. La Operación Plomo Fundido contra Gaza del invierno de 2008-2009 y la parálisis de la Autoridad Nacional Palestina han hecho posible el cambio de mentalidad en la solidaridad con Palestina. La sociedad civil internacional ha respondido al llamamiento palestino. El BDS se ha convertido en un instrumento eficaz de movilización social y presión política contra la permisividad de los Gobiernos con la ocupación y el apartheid israelíes. El avance del bds supone la recuperación de una forma de entender la política y la solidaridad ya practicada contra el apartheid de Sudáfrica, pero arrinconada con el triunfo voraz del neoliberalismo en los últimos veinticinco años.
Lejos de avanzar en una solución que dé respuesta a los derechos de los palestinos reconocidos por Naciones Unidas, Israel ha seguido incumpliendo de forma sistemática todas sus obligaciones como potencia ocupante y como Estado de derecho para todos sus ciudadanos, incluidos los israelíes no judíos. El desprecio a las resoluciones de la ONU ha llegado al punto de que han dejado de ser la referencia en las llamadas «conversaciones de paz». Más colonias, más apartheid, más represión y violencia viene siendo la respuesta israelí a todo intento negociador. A esta realidad oficial se opone la petición de justicia y dignidad, objetivo del movimiento BDS. Sus medios, sean el boicot, las desinversiones económicas o las sanciones internacionales, no son un fin en sí mismos, sino que su verdadero fin es que se acabe el bds: si el bds triunfa, está condenado a desaparecer.
No ha llegado aún ese momento, pero sí está claro que ya no hay marcha atrás. Hace diez años la comunidad universitaria occidental acogió con cierta condescendencia el llamamiento al boicot académico de la Campaña Palestina para el Boicot Académico y Cultural a Israel (PACBI), pero a finales de 2013 varios sindicatos universitarios y asociaciones científicas, incluida la poderosa American Studies Association, han dado su apoyo expreso al bds. Hace cinco años, antes de la guerra de Gaza, ninguna caja de ahorros, y menos aún holandesa, hubiera pensado en retirar sus inversiones en los bancos israelíes por operar indistintamente en Israel y los territorios ocupados; pggm lo ha hecho en 2013 invocando su «responsabilidad social». Hace tan solo dos años era inimaginable que Alemania, como anunció su Gobierno en enero de 2014, bloqueara su financiación a instituciones y empresas ubicadas en las colonias de Cisjordania y Jerusalén Oriental. Es más, hace apenas un año el boicot era un tema tabú en los grandes medios de comunicación occidentales. El affaire Scarlett Johansson/Oxfam, denunciado masivamente en las redes sociales, ha acabado arrastrando a la prensa y la televisión al debate, y ha popularizado el bds. Hasta el secretario de Estado de EE.UU., John Kerry, ha avisado a Israel de que el boicot será imparable si no se presta al acuerdo en la enésima ronda de negociaciones de paz.
Este libro presenta colaboraciones que reflejan, desde distintas perspectivas, las «formas de desposesión polivalentes» de la ocupación israelí de Palestina. Nuestra pretensión ha sido no solo contar la historia, el sentido y las prácticas del movimiento BDS, sino mostrar además el carácter transversal de la lucha por la justicia en Palestina, que el bds vehicula. Es un libro con análisis, reflexiones y testimonios de autores palestinos e israelíes, pero también europeos, norteamericanos, sudafricanos e indios, y ha sido posible gracias a la colaboración desinteresada de todos ellos. Algunas contribuciones han aparecido con anterioridad en publicaciones digitales o en otras lenguas, como se recoge en el apartado de créditos.
Distintas personas han contribuido de un modo u otro a este proyecto. No podemos dejar de mencionar a Jorge Gimeno, que vio su necesidad cuando nada parecía hacerlo viable, e insistió en ella. Y, sobre todo, a los compañeros de Autónom@s por Palestina, el grupo bds de la Universidad Autónoma de Madrid, que tiene la suerte de contar entre sus miembros con Héctor Grad, Laura Galián y Fernando García Burillo. Sin todos ellos el libro no hubiera salido adelante.
La lucha contra el racismo y la segregación no conoce fronteras ni excepciones históricas. La justicia, como dice siempre Raji Sourani, o es universal o no existe. Para recordarlo y que se cumpla en Palestina, el BDS está en marcha. 

Naomi Klein

¿Quiere usted acabar con la violencia en Gaza? Boicotee a Israel
 

8 de enero de 2009

Ha llegado el momento. Hace mucho que llegó. La mejor estrategia para poner fin a la cada vez más sangrienta ocupación es convertir a Israel en objetivo del tipo de movimiento mundial que puso fin al régimen de apartheid en Sudáfrica.
En julio de 2005 una gran coalición de grupos palestinos planeó justamente eso. Hicieron un llamamiento a «las personas concienciadas de todo el mundo para imponer amplios boicots y adoptar contra Israel iniciativas de desinversión similares a las adoptadas contra Sudáfrica en la época del apartheid». Había nacido la campaña Boicot, Desinversión y Sanciones (bds).
Cada día que Israel aplasta a Gaza más conversos se adhieren a la causa del bds, y las pláticas de alto el fuego no hacen que disminuya el ritmo de ese movimiento.
La campaña de boicot a Israel está comenzando a recibir apoyos incluso entre los judíos de Israel. En pleno ataque a Gaza unos 500 israelíes, decenas de ellos conocidos artistas y académicos, enviaron una carta a los embajadores extranjeros destacados en Israel. En ella hacían un llamamiento para «la inmediata adopción de medidas restrictivas y sanciones» y dibujaban un claro paralelismo con la lucha antiapartheid. «El boicot contra Sudáfrica fue eficaz, pero a Israel se le trata con guante de seda [...] Este respaldo internacional debe cesar».
Sin embargo, a pesar de estos inequívocos llamamientos muchos de nosotros no podemos ir allí. Las razones son complejas, emocionales y comprensibles. Y al mismo tiempo no son lo suficientemente buenas. Las sanciones económicas son la herramienta más eficaz de que dispone el arsenal de la no violencia. Renunciar a ellas raya en la complicidad activa. A continuación exponemos las cuatro principales objeciones que se hacen a la estrategia del bds, acompañadas de sus correspondientes refutaciones:
1. Las medidas punitivas no servirán para persuadir a los israelíes sino para acrecentar su hostilidad
El mundo ha intentado lo que solía llamarse «compromiso constructivo» y ha fracasado estrepitosamente. Desde 2006 Israel ha ido aumentando sin pausa su nivel de criminalidad: ampliando asentamientos, iniciando una atroz guerra contra el Líbano e imponiendo un castigo colectivo a Gaza a través del brutal bloqueo. A pesar de esa escalada, Israel no ha sufrido ningún castigo, sino todo lo contrario. Las armas y los 3000 millones de dólares anuales de ayuda que ee.uu. envía a Israel son solo el principio. A lo largo de este periodo clave Israel se ha beneficiado de una notable mejora en sus actividades diplomáticas, culturales y comerciales con gran número de aliados. Por ejemplo, en 2007 Israel se convirtió en el primer país no latinoamericano en firmar un acuerdo de libre comercio con Mercosur. En los nueve primeros meses de 2008 las exportaciones israelíes a Canadá aumentaron un 45%. Un nuevo acuerdo comercial con la Unión Europea duplicará las exportaciones israelíes de alimentos manufacturados. Y el 8 de diciembre pasado los ministros europeos «mejoraron» el Acuerdo de Asociación ue-Israel, una recompensa por la que Israel suspiraba desde hacía mucho tiempo.
Este es el contexto en el que los dirigentes israelíes comenzaron su última guerra, confiados en que no les iba a suponer costes significativos. Es notable que tras más de siete días de guerra el índice de referencia de la Bolsa de Valores de Tel Aviv haya subido un 10,7%. Cuando no funcionan las zanahorias es preciso recurrir a los palos.
2. Israel no es Sudáfrica
Por supuesto que no lo es. Lo relevante del modelo sudafricano es que demuestra que las tácticas del bds pueden ser eficaces cuando medidas más suaves (protestas, peticiones, cabildeos) han fracasado. Y en los territorios palestinos ocupados se detectan inequívocos y muy angustiosos ecos del «apartheid» de Sudáfrica: documentos de identidad y permisos de viaje de colores distintos, viviendas arrasadas y expulsiones forzosas, carreteras para uso exclusivo de los colonos judíos. Ronnie Kasrils, un destacado político de Sudáfrica, dijo que la arquitectura de segregación que observó en Cisjordania y Gaza es «infinitamente peor que el apartheid». Eso fue en 2007, antes de que Israel comenzara su guerra total contra la prisión a cielo abierto que es Gaza.
3. ¿Por qué elegir a Israel como único objetivo de la campaña bds cuando los Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países occidentales hacen las mismas cosas en Irak y Afganistán?
El boicot no es un dogma sino una táctica. La razón por la que la estrategia del bds deba intentarse contra Israel es de tipo práctico: en un país tan pequeño y dependiente del comercio, podría dar resultados.
4. Los boicots cortan los canales de comunicación; lo que necesitamos es más diálogo, no menos
Voy a responder a esta objeción con una historia personal. Durante ocho años mis libros han sido publicados en Israel por una casa comercial llamada Babel. Pero cuando publiqué The Shock Doctrine quise respetar el boicot. Con el asesoramiento de activistas del bds, entre ellos el maravilloso escritor John Berger, me puse en contacto con una pequeña editorial llamada Andalus. Andalus es una editorial militante profundamente involucrada en el movimiento de la lucha contra la ocupación israelí y la única editorial israelí dedicada exclusivamente a la traducción al hebreo de libros árabes. Redactamos un contrato para garantizar que todos los ingresos procedentes de la venta del libro se destinaran al trabajo de Andalus, sin reservarme nada para mí. En otras palabras, estoy boicoteando la economía israelí pero no a los israelíes.
Sacar adelante nuestro modesto plan de publicación requirió docenas de llamadas telefónicas, correos electrónicos y mensajes entre Tel Aviv, Ramala, París, Toronto y la ciudad de Gaza. Lo que quiero decir es lo siguiente: desde el momento en que se empieza a aplicar una estrategia de boicot el diálogo aumenta drásticamente. ¿Y por qué no habría de hacerlo? Para construir un movimiento se requiere un flujo de comunicación incesante, como recordarán muchos activistas de la lucha antiapartheid. El argumento de que apoyar los boicots significará romper los lazos entre unos y otros es particularmente engañoso habida cuenta de la variedad de tecnologías de la información que tenemos a nuestro alcance a precio módico. Estamos inundados de formas para transmitir nuestros argumentos por encima de las fronteras nacionales. No hay boicot que nos pueda detener.
Justamente ahora muchos orgullosos sionistas se están preparando para obtener beneficios récord. ¿Acaso no es cierto que muchos de esos juguetes de alta tecnología proceden de parques de investigación israelíes, líderes mundiales en infotecnología? Sí, es cierto, pero no todos ellos van a salir beneficiados. Varios días después de iniciado el asalto israelí contra Gaza, Richard Ramsey, director gerente de una empresa británica de telecomunicaciones especializada en servicios de voz vía Internet, envió un correo electrónico a la empresa de tecnología israelí MobileMax: «Como consecuencia de la acción emprendida por el Gobierno israelí en los últimos días ya no estamos en condiciones de pensar en seguir haciendo negocios con ustedes o con ninguna otra empresa israelí».
Ramsey dijo que su decisión no era política. Simplemente, no querían perder clientes: «No podemos permitirnos el lujo de perder a uno solo de nuestros clientes», explicó, «de modo que se trata de una decisión comercial puramente defensiva».
Fue este tipo de frío cálculo empresarial lo que llevó a muchas empresas a retirarse de Sudáfrica hace dos décadas. Y es precisamente el tipo de cálculo sobre el que se asienta nuestra esperanza más realista de lograr la justicia negada durante tanto tiempo a Palestina.

Entrevista a Ken Loach por Frank Barat
 
Hay que organizar la resistencia.

24 de octubre de 2013
 
Frank Barat (FB): ¿Podría explicar cómo comenzó su implicación en la lucha por los derechos de los palestinos?
Ken Loach (KL): Todo comenzó hace algunos años, cuando estaba yo escenificando una obra de teatro titulada Perdición. Evocaba el sionismo en la Segunda Guerra Mundial y un acuerdo suscrito entre algunos sionistas y los nazis. La obra arrojaba una luz completamente nueva sobre la creación de Israel y la política del sionismo. Entonces comencé a tomar conciencia y poco a poco me fui convenciendo de que la fundación de Israel se basaba en un crimen contra los palestinos. Después siguieron otros crímenes. La opresión de los palestinos —que perdieron sus tierras, cuya vida cotidiana se ve perturbada por la ocupación, que siguen viviendo hoy en un estado de depresión permanente— es algo de lo que debemos ocuparnos.
FB: ¿Por qué Palestina, por qué la lucha por la justicia en Palestina es un símbolo?KL: La opresión existe en todo el mundo, pero hay cierto número de cosas que hacen que el conflicto israelo-palestino sea especial. En primer lugar, Israel se presenta ante el mundo como una democracia, un país similar a cualquier otro Estado occidental, cuando de hecho está cometiendo crímenes contra la humanidad. Ha creado un Estado que está dividido según criterios raciales, como el régimen del apartheid en Sudáfrica. Europa y los Estados Unidos lo sostienen en el plano militar y financiero. Hay por tanto una enorme hipocresía: ayudamos a un país que dice ser una democracia, le apoyamos de todas las maneras posibles, y eso que está implicado en crímenes contra la humanidad.
FB: Hay diversos instrumentos para tratar de cambiar esto. Uno de ellos es el llamamiento bds. Usted fue una de las primeras personalidades en apoyar el llamamiento al boicot cultural a Israel y allanó así el camino para que muchas otras hicieran lo mismo. Hay personas que dicen que no habría que boicotear la cultura. ¿Qué responde usted a esto?
KL: De entrada, uno es un ciudadano, un ser humano. Cuando uno se ve confrontado con semejantes crímenes, tiene que responder como ser humano, independientemente de si uno es artista, un vip u otra cosa. Antes que nada, hay que responder y actuar de manera que se pueda llamar la atención del público sobre esta cuestión. Un boicot es una táctica. Es eficaz contra Israel porque Israel se presenta como un faro de la cultura. Por tanto, es algo que les molesta mucho. No deberíamos tener nada que ver con los proyectos que reciban el apoyo del Estado de Israel.
Esto no afecta a los particulares, sino que debemos centrarnos en las actividades del Estado de Israel. Ahí es adonde hemos de apuntar. Y lo hacemos porque no podemos permanecer de brazos cruzados y contemplar cómo la gente vive toda la vida en campos de refugiados.
FB: Israel utiliza el cine para una campaña denominada «Marca Israel». Por tanto, el arte deviene política, incluso si determinados artistas que no participan en la campaña bds se defienden diciendo que son cantantes, artistas, músicos… pero no políticos. En lo que se refiere a usted, todos sus films son políticos. Por tanto, desde su punto de vista, ¿el arte puede ser un instrumento para combatir la opresión? 
KL: Opino que sí. La cuestión fundamental es la siguiente: cualquiera que sea el argumento que uno quiera contar o las imágenes que uno desee mostrar, lo que uno selecciona indica cuáles son sus preocupaciones. Si uno hace cosas que pertenecen en su totalidad al ámbito de la evasión en un mundo que está lleno de opresión, ya revela cuáles son sus prioridades. Así, una superproducción comercial, destinada a sacar mucho dinero, indica algo. Tiene consecuencias políticas e implica un posicionamiento político. La mayoría de las obras artísticas tienen un contexto político e implicaciones políticas.
FB: ¿Ha oído hablar usted de World War Z, la película protagonizada por Brad Pitt en que un virus mata a la gente en todo el mundo y en la que el único lugar seguro es Israel gracias al Muro que ha construido?
KL: No la he visto, pero suena a una historia de extrema derecha. Habría que ver la película antes de juzgar, pero eso suena realmente, según su descripción, a una ficción de extrema derecha. Es interesante ver cómo Israel se revela así a través de sus amigos. En Irlanda del Norte, que tiene una larga historia de división entre lealistas (probritánicos) y republicanos (partidarios de la unidad irlandesa), en las paredes de los barrios lealistas se ven banderas de Israel y de los blancos de Sudáfrica, mientras que en los muros republicanos se ven banderas palestinas y del Congreso Nacional Africano. Es curioso ver cómo estas alianzas revelan tantas cosas sobre lo que la gente piensa realmente.
FB: ¿Le inquieta el ascenso de la extrema derecha y de sus ideas en toda Europa? Esto se parece a los primeros años de la década de 1930, ¿no?
KL: El ascenso de la extrema derecha siempre acompaña a la recesión económica, a la depresión y al paro masivo. Los que están en el poder y desean conservarlo siempre buscan chivos expiatorios porque no quieren que la gente se alce contra el verdadero enemigo, que es la clase capitalista, que son los propietarios de las grandes empresas, los que controlan a los políticos. Tienen necesidad de encontrar chivos expiatorios: los más pobres, los inmigrantes, los solicitantes de asilo, los gitanos. La derecha escoge a los más vulnerables, a los más débiles, para declararlos responsables de la crisis de su sistema económico.
En una situación de paro masivo, la gente está descontenta y busca algo contra lo que luchar. En la década de 1930 se atribuyó la responsabilidad a los judíos, que fueron víctimas de terribles desmanes. Ahora miran a los inmigrantes, a los parados… En Gran Bretaña tenemos una prensa horrible que responsabiliza a la gente parada de no tener trabajo, cuando está claro que no hay puestos de trabajo disponibles.
FB: ¿Cómo podemos responder a una situación en que las mismas personas controlan todo: la prensa, el capital, la política? ¿Cómo puede la sociedad civil, que no tiene acceso a los medios de masas, contestar esta ideología y derrotarla?
KL: Buena pregunta. En última instancia, no queda otra opción que la política. Hay que analizar la situación y organizar la resistencia. Cómo hacerlo es siempre una cuestión clave. Hay que responder a los ataques en cada terreno y solidarizarse con las personas más amenazadas. También hay que organizar partidos políticos. El problema es que tenemos partidos políticos que hacen un análisis equivocado. Los partidos estalinistas han llevado a la gente a un callejón sin salida durante años; luego tenemos a los socialdemócratas, que quieren hacernos creer que debemos trabajar dentro del sistema para reformarlo, que podemos hacer que funcione, cosa que sin duda es una fantasía, pues no funcionará jamás. Por lo tanto, la gran pregunta es ¿qué política? La gente se plantea este problema todos los días.
FB: Su última película Jimmy’s Hall gira en torno a esto, a personas marginadas debido a sus opiniones políticas. Hoy he leído que podría ser su última película y que a partir de ahora usted quiere concentrarse en documentales, cosa que sería una buenísima noticia para Palestina.
KL: No lo sé. El rodaje de Jimmy’s Hall se ha alargado mucho y es un trabajo muy duro. No estoy seguro de que pueda hacer otra película como esta. Pero todavía quedan pitotes que montar en alguna parte, por lo que tendré que buscar alguna manera de meter un poco más de cizaña.
Seguro que habrá que realizar películas sobre Palestina. De hecho, deberán hacerlas los palestinos. La lucha del pueblo palestino, al final, la ganarán los palestinos. Las cosas no se mantienen iguales eternamente. Esto terminará con una victoria. La gran pregunta es: ¿qué tipo de Palestina emergerá? No se trata únicamente de poner fin a la opresión israelí, sino también de la eterna cuestión de qué Estado surgirá. ¿Actuará en interés de toda la población? ¿O estará dominado por una clase de ricos que oprimirá al pueblo, pese a su origen? Qué tipo de Estado emergerá, esa es la gran pregunta.


Ficha técnica: Autores: AA.VV. Título: BDS por Palestina. El boicot a la ocupación y el apartheid israelíes.  - Colección Disenso, nº 4 - ISBN 978-84-941292-7-8 - PVP 12 €

domingo, 5 de mayo de 2013

Stéphane Hessel y Elias Sanbar: El superviviente y el exiliado

Aparece por fin en español el que probablemente sea el último libro en que participó el autor de Indignaos!




Tercera entrega de la colección Disenso, en librerías coincidiendo con la llegada de la Feria del Libro de Madrid.
Ficha técnica: Autores: Stéphane Hessel y Elias Sanbar. Presentación de Farouk Mardam-Bey. Título: El superviviente y el exiliado: Israel-Palestina, una exigencia de justicia. Traducido del francés por Matilde París - Colección Disenso, nº 3 - ISBN 978-84-96327-95-5 - PVP 12 €


El superviviente y el exiliado

Stéphane Hessel / Elias Sanbar

Ed. del Oriente y del Mediterráneo. 189 páginas, 12 euros
MIGUEL CANO | 14/06/2013 |  EL CULTURAL Edición impresa

Sigue espigándose la obra escrita del resistente Stéphane Hessel, recientemente fallecido y al que el éxito le llegó ya nonagenario con aquel panfleto que bautizó a toda una generación de nuevos rebeldes: ¡Indignaos! (Destino, 2011). En esta ocasión nos encontramos ante una extensa conversación a propósito del conflicto palestino-israelí con el escritor y representante de Palestina en la Unesco Elias Sambar. Pero el asunto del diálogo, al inbricarse con tanta pasión en las biografía de los interlocutores, acaba dibujando también sus respectivas peripecias biográficas.

Y es que Hessel se comprometió en un principio con la creación del estado de Israel, justa compensación a la tragedia de la Shoáh. Pero con el tiempo fue la llamada Nakba con la que los palestinos bautizaron lo ocurrido a partir de 1948 -las grandes expulsiones de población y los campos de refugiados- la que atenazó la conciencia del antaño miembro de la Resistencia francesa casado además con la fervientea propalestina Christiane. La conversación llena seis siglos de historia, hasta la actualidad pasando por la Guerra de los Seis Días. Y la pregunta final: “¿La paz es posible? ¿Quién sabe? Quizá algún día los demócratas árabes y los de Israel se unirán contra sus respectivos régimenes”.

miércoles, 10 de abril de 2013

Stéphane Hesse y Elias Sanbar: El superviviente y el exiliado


Próximo título de la colección Disenso: 



libro escrito a dos manos por Stéphane Hessel —el superviviente de los campos nazis— y Elias Sanbar —el exiliado que, con apenas un año, hubo de abandonar su Haifa natal—.

martes, 9 de abril de 2013

PALESTINA EN EL CORAZÓN, por Iñaki Urdanibia


TESTIMONIO

Palestina en el corazón


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Iñaki URDANIBIA
No me corto ni un pelo en decirlo desde el inicio: estamos ante un libro necesario donde se dialoga sobre Palestina y sus desplazados habitantes en 1948. La conversación se desarrolla entre un superviviente de los campos de la muerte nacionalsocialistas, Stéphane Hessel, y un exiliado palestino, que cuando contaba con un añito su familia huyó a otro país... el suyo no existía y sigue sin hacerlo, al menos en los mapas oficiales y en los organismos internacionales. Es como si Palestina no tuviese palestinos, ya que está ocupada, en plena expansión territorial, por los usurpadores sionistas, contraviniendo las distintas resoluciones de la ONU, sobre la vuelta a los límites del tiempo de la guerra de los Seis Días, en 1967, y la libertad para que los palestinos empujados a los países vecinos puedan volver con absoluta libertad a su tierra.
El libro es un grito a favor del derecho al Derecho que asiste, o debe asistir, a los ninguneados palestinos.
Es indudable que los dos participantes saben sobradamente de lo que hablan, y naturalmente quien hace de presentador-introductor también. Uno, Stéphane Hessel, salvado de la horca de los campos de Buchenwald y Dora, fue, al finalizar la guerra, enviado por el gobierno de su país en la ONU participando en la redacción de la Declaración de los Derechos Humanos en 1948. Al mismo tiempo, se proclamaba la creación del Estado de Israel, decisión que en aquellos años le resultó inapelable y una necesidad de cara a subsanar los crimenes que habían padecido los judíos; es más, como él mismo señala, por aquel entonces nadie era consciente, al menos en los ambientes que frecuentaba, de la existencia de un pueblo palestino y es más, se juzgaba increíble que los árabes pusieran pegas a la creación del nuevo estado. El otro, Elías Sabar, cuyos padres hubieron de escapar, conoció desde niño el desarraigo. Profesor y estudioso en Líbano, se trasladó posteriormente a París en donde fundó, junto a otros, la prestigiosa «Revue d´Études Palestinnienes»; más tarde fue elegido para el parlamento palestino en el exterior, participando directamente en las negociaciones de paz. Farouk Mardam-Bey, que es, digámoslo así, el presentador, es el actual responsable de la revista que acabo de nombrar.
La conversación va avanzando, entre réplicas y puntualizaciones mutuas, por todos los mojones esenciales de la historia de Israel y su otra cara, la deconstrucción de la entidad palestina. Desde los tiempos anteriores a la constitución del Estado, los asentamientos judíos crecen, los distintos planes británicos (el Balfour) para la repartición del territorio y los desalojos de los habitantes que de allá no se habían movido; dos armas para ello: el dinero, y en caso de no vender las tierras, la fuerza. La declaración de la ONU en 1947 y la decisión unilateral al año siguiente de Ben Gurion. Dos guerras consecutivas y ampliación creciente de los territorios asignados por el organismo internacional nombrado. 1967, fecha clave en la ampliación, en base a la rapiña guerrera, del territorio israelí: los altos del Golán, Gaza y Cisjordania, y los asentamientos que contravenían los mandatos internacionales con el beneplácito del padrino americano, y la mirada hacia otro lado de los europeos.
El tono del rico y vivo diálogo muestra un acuerdo importante en lo que hace a la condena de las tropelías sionistas, los apoyos internacionales, por activa o por pasiva, a éstas, y el abandono del pueblo palestino que ha de mostrar en todo momento sus buenas intenciones y una paciencia enorme para aguantar todos los sabotajes a los pactos y a los planes de paz firmados. La lucha continua hace que el Estado de Israel no pueda usar engañosas caretas que disimulen sus ansias de poder, de exclusividad, de extensión colonialista, y hasta de apartheid no solo hacia los árabes, sino hasta entre los propios judíos dependiendo de su procedencia.
El futuro parece, afortunadamente, resultar favorable a la razón palestina frente a la fuerza israelita.

En: http://gara.naiz.info/paperezkoa/20130929/425036/es/Palestina-corazon